Feliz día del libro

COVER CARACAS-USHUAIA

Y para celebrarlo les envío Caracas Ushuaia, un viaje en cuatro ruedas. Descarga GRATIS desde hoy 23 de abril hasta el jueves 27. Espero que lo disfruten y feliz viaje… Aquí un día de los cuatro meses y medio de nuestro recorrido.

 
VIERNES 9-2-2007 (GLACIAR PERITO MORENO: SIN PALABRAS)
Hoy se cumplen dos meses desde el día que salimos de casa. Parece que fue ayer; viene a cuento esta expresión que si mal no recuerdo es el inicio de un famoso bolero. El Calafate, nombre de una flor patagónica, es una villa considerada la puerta de entrada al maravilloso Parque y Reserva Nacional los Glaciares con una superficie superior a setecientas mil hectáreas de bosques, montañas, hielos, lagos; también incorporado por la Unesco como Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1981. Estaba un poco nublado, pero no parecían nubes de lluvia, por lo que decidimos hacer uno de esos paseos en barco que anuncian las agencias de turismo en las vitrinas de la ciudad, cuyas fotos parecen traídas de otro mundo. Nos adentramos al parque en un moderno barco de grandes ventanales y cómodas butacas. Recorrimos una pequeña parte del vasto lago Argentino, el segundo en tamaño del país, de aguas tranquilas y de un azul muy claro, suerte de turquesa lechoso; color que proviene de lo que llaman «leche glaciar», un polvo muy delgado producto de la erosión de los glaciares contra el lecho rocoso. A pesar de su cercanía a Chile y al Pacífico, este lago, ubicado a doscientos metros sobre el nivel del mar, recorre doscientos kilómetros hacia el este, a través del río Santa Cruz, hasta desembocar finalmente en el Atlántico. Dejamos el calor de la cabina y desde la cubierta en el segundo piso, muy abrigados, disfrutamos del aire puro, de las montañas nevadas que no nos cansamos de ver y de la gran variedad de pájaros que parecen competir en elegancia y belleza. La emoción aumentó cuando empezamos a ver, a lo lejos, unos pedazos de piedras blancas, azuladas, flotando en el agua. Sí, se trataba de gigantescas piedras de hielo que como impresionantes motas de algodón ligeramente teñidas de azul deambulan lentamente por estas aguas a placer de la corriente. Navegamos entre ellas. Las había de diferentes tamaños. Si pensáramos en una casa, por ejemplo, se podían ver desde el tamaño de un pequeño sofá hasta el de la casa completa; y su azul transparente, blanquecino, se va degradando hasta convertirse en blanco total. Sobre todo en las vetas de la piedra, en las líneas donde el hielo se fractura, el tono del azul es tan intenso y a la vez tan suave que provoca estar allí por horas observándolo. Poco después paramos en una pequeña bahía tupida de árboles donde también hay un cafetín rústico y acogedor. Luego de descender del barco nos guiaron durante un buen rato a través de un espeso bosque de lengas, donde el olor a frescura adquiere el aroma de las raíces, de la corteza de las plantas y del musgo que reina por doquier. De pronto los árboles se apartan para dar paso al lago Onelli, algo realmente hermoso, un lago rodeado por tres glaciares importantes: Agassiz, Bolado y Onelli, dos de ellos colgantes (terminan antes de llegar a la superficie del lago y dejan ver parte de la montaña) y el otro cae en el pequeño lago como una avalancha de nieve hecha piedra, estática. Allí tomamos otras decenas de fotos para luego sentarnos a contemplar aquello que nos dejó perplejos por largo rato. El resto del grupo hizo lo propio, algunos no paraban de hacer expresiones de asombro mientras otros secaban sus ojos con cierta timidez. Regresamos al escuchar el último llamado. Ya en el barco nuevamente, nos acercamos al glaciar Upsala, una verdadera mole de hielo que baja desde lo alto entre dos montañas y se posa en el lago Argentino; es como un gran pasillo blanco que se precipita al lago sin terminar de caer en él. De su borde se van desprendiendo esos trozos de hielo que luego se pasean por el agua con gran tranquilidad. Para tratar de explicarlo mejor es como una gran masa de hielo que se compacta y asienta en la falda de la montaña y que da la sensación de ser un gran río congelado que se solidificó antes de llegar a su destino, luego otro sobre él hizo lo mismo, y otro y otro, hasta formar una gran piedra sólida, comprimida, dibujada por delgadas línea azules horizontales que representan los diferentes ríos que a ella llegaron y que se hacen más tenues mientras más recientes son los que se congelaron sobre ella. Vistas de cerca, las grandes piedras de hielo forman torres enormes y afiladas, y rayos de una luz azul muy intensa parecen salir de sus entrañas como si una potente bombilla estuviese instalada dentro de ellas. El barco se acercó tanto como a pocos metros, por lo que todos salimos al pasillo de cubierta a filmar y a tomar fotos. El regreso fue tranquilo y las nubes que amenazaron con mojarnos en la mañana lo dejaron para otro día.
Aún era temprano cuando llegamos al puerto de la ciudad, así que teníamos tiempo para visitar el grandioso glaciar Perito Moreno, el mismo que no falta en ningún folleto turístico, lo primero que se ve en Internet al consultar sobre los sitios de interés de estas tierras, aquel que vimos una vez por televisión, del que tanto nos hablaron nuestros amigos argentinos, el mismo que nos recomendó el amigo que conocimos en Puerto Madryn, en fin, había que ver qué tenía ese glaciar que causaba tanto revuelo.
Después de recorrer unos pocos kilómetros en la camioneta a través de una carretera bien mantenida y de bellos parajes entramos al parque Perito Moreno. Adelantamos unos cuantos kilómetros más por un camino de tierra que a ratos zigzagueaba dentro del bosque y a ratos se orillaba para dejarnos ver el singular azul del lago Argentino. Una señal nos indicó que habíamos llegado. Por lo pronto sabíamos que estábamos en una campiña ligeramente alta y que el ambiente se sentía más frío que en otros sitios. Nos estacionamos, a la expectativa. Un autobús salió en ese momento del lugar cargado de turistas con sus caras satisfechas. Otra señal indicaba la entrada a unas escaleras por las que había que bajar. Cuando nos asomamos a estas, vimos una parte del gigantesco glaciar que nos esperaba abajo, según el folleto, tan grande como la ciudad de Buenos Aires. «¡Coño¡», fue lo primero que al unísono dijimos al ver aquella inmensidad, pero fue un “coño” con diferentes entonaciones y tiempo de duración; el mío fue corto y preciso, como el frenazo de un carro que desplaza a alta velocidad, y el de la copiloto fue largo, sostenido, similar al final de una canción mexicana. Bajamos inmediatamente hasta el primer mirador y lo observamos en toda su magnitud. Es algo majestuoso. Tiene treinta kilómetros de largo, cinco kilómetros de frente y una altura de setenta metros, una verdadera meseta de hielo. Desesperados por verlo más de cerca continuamos bajando hasta llegar al mirador más bajo, justo al frente del glaciar. Asombrados vimos esa pared blanca que parecía venirse encima de nosotros y los azules entre sus grietas destellan fosforescentes en un concierto de tonos que escapa a nuestros límites de observación y reta nuestra capacidad de asombro. De pronto, como si el glaciar nos saludara, un bloque de hielo se desprendió de la masa y el ruido que generó, como el de un trueno, nos hizo retroceder unos pasos, mientras una gruesa ola iba a chocar contra las riberas del lago. Y es que el glaciar está vivo. Cada día recorre dos metros en su centro y cerca de cuarenta centímetros en los laterales, lo que hace que estos desprendimientos sean frecuentes. Según la información que ofrecen en el mismo parque es el único glaciar del mundo que se mantiene estable, es decir, que no retrocede en su desplazamiento, lo que de alguna forma garantiza su permanencia.
Cerca de la ribera del lago me pareció ver a varios hombres sobre una canoa tratando de halar una cuerda que previamente habían prendido de un árbol. Sudaban a cántaros y, una vez que avanzaban, la soltaban para amarrarla a otro árbol y halarla nuevamente, y así ir avanzando en su camino. Afiné mi vista y reconocí a uno de ellos. Se trataba nada más y nada menos que del propio Francisco Pascacio Moreno, el perito Moreno, que en su bote de madera y a puro brazo remontó el río Santa Cruz para descubrir el lago Argentino y el gran glaciar que lleva su nombre, por allá a finales del siglo XIX. Durante veinte años Perito Moreno se dedicó a explorar esta región, su flora, su fauna y estableció amistad con los indígenas de quienes aprendió su lengua. En su carácter de perito altamente reconocido rescató para Argentina cuarenta y dos mil kilómetros cuadrados de territorios que estaban en disputa con Chile, lo que le valió para que le fuese otorgado en pago una gran cantidad de terreno, que posteriormente donó con el objeto de que se fundara el primer parque nacional de la zona.
Ya casi de noche llegamos de nuevo a El Calafate. Un largo y hermoso día merecía una copa de vino. Cenamos truchas en un pequeño restaurante cerca del hotel. Muy cansados, pero llenos de eso que a veces hace falta para entender la felicidad, nos fuimos a dormir. Durante un rato navegué a sirga, pero muy pronto el sueño me venció.
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