Para todas las madres

El retrato de una madre(Retrato de la madre del artista)

James McNeill Whistler

Es cierto que admiraba a su madre pero, ¿usarla como modelo? ¡Dios!, era algo que nunca se hubiese imaginado.

—Se trata de una emergencia —le dijo.

Ella lo miró sorprendida, por varios segundos, como escudriñando en la mirada de su hijo si se trataba de una broma o si por el contrario le hablaba en serio y debía considerar la propuesta. Y James hablaba muy en serio. La modelo que había contratado, una joven morena de ojos negros, había faltado a la cita en varias oportunidades y Whistler no estaba dispuesto a perder un día más.

—¿De verdad? —trató de corroborar Anna con una sonrisa incrédula a punto de estallar.

—Ven —le dijo James—, siéntate en esta silla. Así está bien… de perfil… tus pies sobre el escabel, relájate un poco.

—Todo esto me da mucha risa.

—No, te quiero seria, madre, sin risas ni llantos, sin expresión alguna, sin sentimientos que manipulen al espectador… No quiero sugerir emociones… El arte debe valerse por sí mismo, sin máscaras que induzcan a interpretaciones determinadas de amor, odio, piedad, tristeza… El “Arte por el arte”, querida madre.

—Te acusarán de esteticista.

—¿Por no reflejar en mis obras lecciones edificantes? Entonces sí, lo soy.

—¿Por qué pierdes el tiempo, James? El cuadro de una vieja, de perfil, seria y vestida de negro no llamará la atención de nadie.

—Tal vez tengas razón, madre. Tomémoslo como un ejercicio entonces, como un simple regalo que un hijo le hace a su amada madre.

—Oh, James… ¿Cómo lo titularás?

—Aún no lo sé.

Whistler acarició la barbilla de su madre, le levantó un poco la cabeza en busca de un mejor ángulo y le puso un pañuelo blanco entre las manos. Llevaba un largo vestido negro, cerrado, apenas adornado por encajes blancos que le sobresalían del cuello y de las mangas largas como una rosa abierta. Retocó la cofia blanca que llevaba en la cabeza, alisó el pedazo de tela que caía a un lado y se retiró unos pasos. Sonrió. Luego le dio un vistazo al escenario, muy sencillo: un cuadro pegado a la pared, otro que le hacía juego del que solo decidió dibujar el marco, una cortina negra salpicada de rayas y de puntos blancos, como pequeños frutos azotados por el viento en una noche de lluvia y, apenas visible, una de las patas de la silla donde estaba sentada, las otras cubiertas por el traje negro de Anna… Sí, todo era gris, negro y blanco.

—Qué te parece si lo titulamos Arreglo en gris y negro.

—Hum, es un título original para el retrato de la madre de un artista.

Después del boceto sobre el lienzo, Whistler, con un divertido movimiento tomó su paleta, vació el  negro, el blanco y tomó parte de estos para mezclarlos y dar lugar al nuevo color que tenía en mente, los pinceles en la diestra, desbordante el entusiasmo y comenzó la obra. Ahora que la detallaba, ya entrada en años, le parecía más hermosa que nunca. Recordó cuando aún siendo muy pequeño viajaron con su padre a Rusia. George, especialista en ferrocarriles, fue contratado para trabajar en la construcción del tren entre Moscú y San Petersburgo. Iban radiantes y llenos de expectativas. El viaje no le sentó bien al joven James, que tuvo que pasar largas temporadas de vacaciones en Inglaterra, lo que sin duda le ayudó a paladear los primeros sabores del arte europeo.

—A fin de cuentas, los que nos conocen sabrán que se trata de ti, madre… y los demás se lo imaginarán.

—Sí, y no faltará quien lo critique… si es que algún día llegas a exponerlo, cosa que pongo en duda. ¿Quién podría interesarse en una mujer, vieja y fea como yo? Dirán que Whistler no tiene a quien pintar y por eso pintó a su madre.

—No insistas, madre. Y claro que lo voy a exponer. Cuenta con ello.

—Ya imagino lo que va a decir ese Ruskin.

—Ni lo menciones. Si fue capaz de decir que mi Nocturno en negro y oro era como lanzar un cubo de pintura a la cara del público, puedes imaginar lo que dirá de cualquier cosa que yo pinte… De gente como esa se puede esperar todo.

—Pobre, nunca ha entendido tu arte.

—Pero lo entenderá cuando pierda el pleito que inicié contra él.

—Ya veremos. A veces tampoco los jueces entienden de honor y esas cosas.

—Claro que lo perderá, y se arrepentirá de haberme ofendido; así me arruine para lograrlo, ya verá… El pañuelo, madre, lo tienes escondido entre tus manos.

—¿Así está bien?

—Sí… ya lo puedo ver.

Hicieron silencio por unos minutos. Ella miraba al frente casi sin pestañar, seria, haciendo un esfuerzo por no demostrar gracia ni emoción alguna, tal y como él le había pedido.

—A veces pienso en George… Ah, George, dónde estará ahora mi George. Recuerdo aquella carta. Se me quedó mirando un buen rato, esperanzado, a la expectativa, ansioso, aguardando solo que yo interpretara esa mirada y le dijera que sí, que estaba de acuerdo con el viaje a Rusia… Quise decirle que lo acompañaría hasta el fin del mundo si fuese necesario con tal de estar junto a él, y Rusia lo era, al menos para mí… el fin del mundo… pero me dio vergüenza… habría tiempo más adelante, me dije, otro día lo haría… qué tonta fui… muy pronto no tuve otra oportunidad… de decirle eso y muchas cosas más… y regresamos a Estados Unidos, como si nada hubiese pasado y todo aquello solo hubiera sido un sueño, un mal sueño del que aún no despierto.

—El pañuelo, madre.

—Sí… luego todo cambió. Todo cambia cuando alguien de la familia nos deja de forma tan repentina, cuando…

—Sin emociones, madre.

—Sin emociones, James… Pero, ¿puedo hablar, verdad?

—Claro, madre, puedes hablar todo lo que quieras siempre que…

—Sí, ya lo sé, me mantenga como una piedra.

—Tal cual, el mundo puede estar a punto de volar en mil pedazos, la gente padeciendo mil epidemias, las lágrimas aumentando el nivel de los ríos, los dictadores haciendo de las suyas y tú no debes sentir nada, no debes expresar nada…

—Lo intento, James.

—Está mejor ahora. Sí, ya no noto expresión en tu rostro… pero siento que un velo de tristeza lo sobrecoge.

—No es fácil evitarlo. Sentada frente a ti, prestándome para algo que nunca pensé hacer, no sabes cuánto me gustaría que George estuviese a mi lado, o tras de ti mirando cómo manejas el pincel… ¿Está mejor así?

—Perfecto, madre, en poco tiempo te has convertido en una hermosa y experimentada modelo, quién lo creería.

—Qué cosas dices, James.

Anna dejó tranquilas sus manos y luego de un suspiró dijo:

—Lamento tanto haberme opuesto a que te dedicaras al arte.

—Hum, no la pasé mal en la academia militar.

—Pensé que era lo mejor para ti. Todos querían estudiar en West Point, menos tú. Sin embargo accediste solo por complacerme… Qué guapo te veías con aquel uniforme.

—No es cierto, me quedaba grande… Calla un segundo, solo un segundo.

—…

—No pude con la química…

—¿Ya puedo hablar?

—Solo un segundo… Sí, ya…

—Después, cuando te trasladaron a la marina, en vez de convertirte en un destacado militar, ¿qué sucedió?, aprendiste la técnica del grabado y trabajaste como cartógrafo… Ya no me quedaban dudas de que tu vocación era el arte.

—Yo aún no estaba seguro de eso, aún a los veinte años dudaba.

—Hasta que fuiste a París.

—París, Londres… fue maravilloso. Las enseñanzas de Gleyre sobre la pintura al aire libre, compartir con Monet, Renoir, Sisley… realmente maravilloso.

—1855… tenías apenas veintiún años. No olvidaré esa fecha…pensé que nunca te volvería a ver.

—Madre, por favor…

—No puedes decir que expreso alguna emoción, James… apenas muevo los labios. Con un solo ojo a la vista y desde esa distancia es imposible que se note algo… Imposible, James.

—Concéntrate, madre, ¿alguna vez te conté la anécdota del Salón de París?

—Sí, en una carta, pero apenas la recuerdo.

—Es tan cierta como que ahora ambos estamos aquí. Fue en 1863. Yo había pintado La chica de blanco y con mucho entusiasmo la había presentado en el Salón con la seguridad de que sería incluida en la muestra. Tenía muchas esperanzas en esa obra. La hermosa joven vestida de blanco delante de una cortina también blanca, su cabello negro como las noches de Moscú, los ojos grandes, la expresión ausente, sin decir nada ni transmitir sentimiento alguno, como tú lo intentas ahora. Pero, para mi sorpresa, mi pintura fue rechazada de plano por el jurado, sin posibilidad de reconsideración, sin razones, sin una palmada en el hombro o una palabra de aliento. De inmediato tomé mi obra y con gran determinación la llevé al salón de los rechazados, que éramos muchos, más de tres mil, recientemente aprobado por Napoleón III y presenté de nuevo mi pintura. Asistió muchísima gente, madre, y solo dos obras causaron sensación: mi chica de blanco y Desayuno en la hierba, de Édouard Manet.

—Ahora tengo que reírme un poco, James.

—También yo, madre.

—Y en la mitad de mi cara notarás una expresión de orgullo.

—Bien, pero por breve tiempo, madre.

—No te preocupes, ya estoy fría de nuevo, como una momia que mira al horizonte.

— Prosigamos entonces.

—Sí, continuemos con este horrible cuadro, que nunca se venderá, James, ya te lo he dicho, y que muy pronto atizará el fuego de alguna chimenea, tal vez la nuestra.

—Veámoslo de esta forma, querida madre, hoy eres la única modelo disponible, y si no hubiese comenzado a pintarte me sentiría muy frustrado, así que disfrutemos del momento… —Whistler agregó en tono divertido—: Es probable que nunca lo veamos exhibido en el Salón de París, ni en el Museo Nacional de Historia y Arte de Luxemburgo, ni en algún prestigioso museo de nuestro país, ni podría llegar a estar en la portada de famosas revistas —Newsweek o The New Yorker, podrían llamarse algunas de ellas—, ni tu imagen llegará a ser reverenciada por millones de americanos —madre, por favor, sin risas— ni llegarán a identificarte como un símbolo de la paciencia o de la maternidad universal… Tal vez nada de eso ocurra, madre, mucho menos —qué cosas digo mientras pinto, Dios— estamparán tu imagen en las postales del día de la madre, que le darán la vuelta al mundo cada año. Nada de eso sucederá madre, tienes razón, pero, mientras tanto, por favor, te lo suplico, ya no sigas riéndote y déjame terminar tu retrato.

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