Todos los nombres, de José Saramago

Portada Todos los nombres de José SaramagoHace ya poco más de un año que falleció José Saramago. Tuve la oportunidad de conocerlo cuando vino a Caracas en noviembre de 2004. Era delgado, atento, quizás tímido, con un aire de singularidad que lo vestía de pies a cabeza. Firmaba libros a una larga fila de admiradores ―yo entre ellos―. Mientras esperaba mi turno repasaba algunas páginas de Todos los nombres. Sonreí al revivir su original narrativa: “Además del nombre propio de José, don José también tiene apellidos, de los más corrientes, sin extravagancias onomásticas, uno por parte de padre, otro por parte de madre, según las normas, legítimamente transmitidos, como podríamos comprobar en el registro de nacimiento existente en la Conservaduría si la sustancia del caso justificase el interés y si el resultado de la averiguación compensara el trabajo de confirmar lo que ya se sabe”. El hombre de ochenta y dos años estaba sentado tras un pequeño escritorio en la planta baja del Celarg de Altamira. Estrechaba la mano del admirador, le preguntaba su nombre y firmaba con deleite alguno de sus mucho títulos. No pude evitar concluir que ambos Josés se parecían mucho, que tal vez eran el mismo; sí, que el don José de Todos los nombres, el escribiente del registro de vivos y muertos, y éste, que firmaba autógrafos con la vitalidad de un hombre mucho más joven, compartían el mismo cuerpo y los mismos secretos… sí, tal vez eran la misma persona. La cola avanzaba con lentitud. Delante de mí iba una mujer, ciertamente atractiva, con aires de profesora de escuela o algo parecido. Llevaba un ejemplar del mismo libro entre las manos y, como yo, de vez en cuando se distraía con la lectura. Entre breves ojeadas y cortos pasos, mágicas líneas y enigmáticos párrafos, me pregunté si esta mujer a su vez no sería la misma que don José buscó durante toda la novela, la mujer desconocida que descubrió en el Registro Civil, supuestamente fallecida, y de la que se enamoró locamente, la que se había convertido en, más allá del amor, en una terrible obsesión… ¿Qué haría don José cuando llegara su turno, cuando esta mujer se plantara frente a él y con la clásica expresión del que no sabe nada le sonría y le entregue su ejemplar para que lo firme? ¿La reconocería? ¿Cómo sabría que era ella si nunca la había visto, “salvo en retratos antiguos”? Tal vez lo intuiría. Quizás algo dentro de él le diría que sí, que era ella, estaba viva, no se había suicidado como todo parecía indicar, ni estaba triste ni lucía infeliz según los padres creían. Don José había hecho lo imposible por encontrar las razones de tan trágico desenlace, había robado documentos, había invadido recintos, había hablado con vecinos y padres:

“…en algún sitio tendrá que estar guardado aquello que busca, la carta, el diario, la palabra de despedida, la señal de la última lágrima”, pero no había encontrado nada. ¿Por qué toda esta indagación? ¿Por amor? Pero, “cómo podía querer a una mujer a la que no conocía”. El techo, su fiel confidente, vendría en su ayuda y le diría que sí, no podía ser otra: la mujer desconocida; tenía la misma sonrisa, la que imaginó miles de veces, con la que había soñado noche tras noche, los mismos ojos, centelleantes, el mismo cabello, negro, un manto oscuro sobre sus hombros, el aire intelectual de una profesora de escuela… no podía ser otra. Un paso más. ¿Cuál sería su reacción? ¿Cómo enfrentaría el hecho de encontrarla, de conocerla, de tener la posibilidad de hablarle de su colección de famosos, de cómo dio con ella en el registro? Tal vez la vería con asombro, la boca abierta en busca de aire, la pluma flotando entre los dedos, se recostaría a la silla y no sería capaz de pronunciar palabras: quedaría mudo como quien ve a un espanto. Seguramente recordaría al pastor, el que en el cementerio se divertía “cambiando los números de las tumbas antes de que coloquen las lápidas”. Ella no estaba muerta entonces: ¿una confusión de números, una confusión de nombres, una confusión de convalecientes? Traté de no pensar en el encuentro que pronto tendría lugar. Pero yo estaba ahí, cerca de ellos, al tiempo que me paseaba por las líneas del cementerio, “aquel enorme cementerio con sus brazos de pulpo extendidos, la noche de luna opaca y de sombras caminando, el baile convulsivo de los fuegos fatuos, el pastor viejo y las ovejas…” Al fin le tocó el turno a la mujer. Don José levantó la mirada y la observó con detenimiento. Lentamente, a medida que la iba reconociendo, el lápiz fue cayendo de su mano, la boca se fue abriendo, el cuerpo se deslizó hacia atrás y una emocionada sonrisa cubrió su  rostro…

Un saludo a Don José, le dije una vez que hubo firmado mi libro.

 

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