Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson.

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Desde niño me sentí intrigado por los planetas, por las estrellas y por ese gigantesco espacio negro que todos los días cae sobre nosotros como un gran manto que todo lo oscurece. Me hacía sentir tan pequeño y tan curioso: yo, mi casa, mi país, la mitad de la tierra, bajo toda aquella negrura, por doce horas continuas, apenas bajo la luz de las estrellas. Me acostaba en el patio, los ojos fijos en el cielo y comenzaba, a medida que iban apareciendo los puntitos brillantes, a tratar de armar las imágenes que tenía dibujadas en un pequeño mapa de estrellas y a preguntarme qué tan lejos se encontraban, de qué estaban hechas, cuál era su tamaño, cuántas había, cómo se formó la primera de ellas, qué le dio origen. Las mismas preguntas me las hacía con los planetas, con los satélites y con cuanto punto luminoso aparecía ante mis ojos. Es cierto que mis libros de la escuela trataban de explicar todo aquello: la fuerza de gravedad, la formación de nuestra tierra y de nuestra luna, el desplazamiento de los planetas alrededor del sol y todo aquello, pero me resultaba difícil comprenderlos, estaban tan llenos de términos teóricos, de falta de ejemplos o de comparaciones para mí manejables, que se me hacía aburrido abordarlos, y terminaba conformándome con los coloridos dibujos o fotos que me ofrecía en sus páginas. Ya cuando entré al bachillerato una nueva pasión apareció ante mis ojos. Sucedió cuando por primera vez observé una bacteria bajo el microscopio. A simple vista no podía verla, pero bajo el lente se veía tan grande como las galaxias de mis fotos, como si flotara en un espacio sin límites. Intenté con un microscopio más potente y logré ver mucho más de ella, como si fuera otra cosa, algo nuevo, otro paisaje con componentes aún más pequeños que antes no había podido ver. Pregunté a mi profesor por otro aparato aún más potente, pero ya no lo había, al menos no en mi escuela. Sin embrago me dijo que sí, que existían microscopios miles, tal vez millones de veces, en los laboratorios especializados o en los centros científicos, más potentes que los que teníamos en la escuela. En ese instante algo hizo corto circuito dentro de mí. Mi cabeza se inundó de dudas y de preguntas. ¿Sería posible? ¿Hasta dónde se podría llegar en lo infinitamente pequeño? ¿Un universo bajo mis ojos? ¿El mismo universo representado por el cosmos esconde su contrapartida en lo más pequeño? Sin pérdida de tiempo revisé los libros de química y de física, investigué sobre los átomos, los electrones y los protones y sí, encontré algunas respuestas, pero siempre con la exposición tediosa de los libros de texto y el rigor de las explicaciones científicas. No llegaría a ser un científico, eso estaba claro, sino no hubiese puesto tanta resistencia a profundizar en estos temas por muy complicados que los encontrara, pero siempre mantuve ese amor por saber un poco más.

Ya en la actualidad me he vuelto un adicto a los programas que sobre el universo presenta la televisión. Allí podemos ver con gran definición, impactantes colores y explicaciones sencillas lo suficiente como para tener una noción medianamente aceptable del universo y de otros muchos temas interesantes. Con ellos había llenado algunas de mis inquietudes sobre el macro y el microcosmos, ya con las esperanzas perdidas de encontrar en los libros una fuente más grata y placentera de abordar estos temas. Hasta que un día, no hace mucho, me topé con Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson. Estaba en una librería husmeando títulos hasta que una portada con una foto de la Tierra vista desde lejos me llamó la atención. Lo tomé entre mis manos, abrí una página cualquiera y leí: “Una supernova se produce cuando una estrella gigante (mucho mayor que nuestro sol) se colapsa y explota espectacularmente, liberando en un instante la energía de 100.000 millones de soles y ardiendo durante un período con mayor luminosidad que todas las estrellas de su galaxia”. Mi pulgar dejó pasar unas cuantas páginas: “Los protones son tan pequeños que una pizquita de tinta, como el punto de esta ‘i’ puede contener unos 500.000 millones de ellos, o bastante más del número de segundos  necesarios para completar medio millón de años”. Unas páginas más: “Hoy sabemos que la superficie terrestre está formada por entre ocho y doce grandes placas y unas veinte más pequeñas, y que todas se mueven en direcciones y a velocidades distintas”. Durante un buen rato ojeé páginas y páginas. A medida que leía una inesperada satisfacción se iba adueñando de mí. Recordé aquellos libros inexpugnables, también los sencillos e interesantes programas de televisión, pero nada comparado a esto, a la narrativa amena, a la variedad de temas y a la amplitud de los detalles de este maravilloso libro. Ya casi lo termino. Mientras tanto: “Poco después, en una reunión celebrada en Wisconsin, Patterson proclamó una edad definitiva para la Tierra de 4.550 millones de años”.

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