Los platos del diablo, de Eduardo Liendo

Portada Los platos del diabloEs una novela fascinante —y quizá también de culto— para los amantes de la literatura, especialmente para aquellos que, como yo, buscamos saber qué secretos guarda aquel escritor cuya novela o relato nos cautivó, qué autores influyeron en él, en qué momento se reconoció como escritor, cuál es su técnica, cuáles sus sueños y hasta qué punto esos sueños han influenciado en su futuro.

Ricardo Azolar no escapa de esta curiosidad. Así lo expresa el autor: “Si en cada una de las obras se ocultaba (o se revelaba) lo esencial de una vida, leerlas era una forma de apropiarse de todas las vidas, de experimentar todos los sentimientos, de pernoctar en todos los lugares. Una manera idílica de sustituir la inmediatez de las propias vivencias a cambio de una abarcante realidad ilusoria”.

Todos los extremos son malos, nos decía mi querida vieja desde que éramos niños. Pero no lo decía con la resignación y costumbre de una frase mil veces repetida desde tiempos ancestrales, sino con plena conciencia de su significado. Y es que cada vez que veía un comportamiento excesivo o no acorde con un sentido común sano y equilibrado la esgrimía como una bandera de libertad.

Es probable que Ricardo Azolar nunca haya escuchado esta máxima y diera rienda suelta a una fantasía que de algún modo pasó a ser en su vida una realidad inexpugnable. De pequeño leía con fruición los clásicos, los convirtió en sus ídolos, en sus dioses. “Quiso emparentar su destino —escribe Liendo— con el de los mejores. Fue un silencioso delirio en el que se pensaba como un comunicador de la fecundidad narrativa de Balzac o del tortuoso genio de Dostoievski”. Se convenció de que “afincado en la voluntad alcanzaría algún día la consagración literaria, la voluntad forjaría el estilo y apresaría la inspiración. La voluntad lograría la obra”.

No pensó, Ricardo Azolar, que estaba pisando las tierras movedizas de uno de esos extremos cuando declara sin tapujos: “Si no logro realizar una obra importante antes de los cuarenta tendré que colgarme; sería la única humillación que no podría resistir”. El autor justifica esta sentencia: “Esos ídolos que le mostraron el camino de la perennidad, lo internaron también en las tinieblas”. A pesar de que Azolar había publicado tres nuevos trabajos se hace la salvedad de que no eran libros mediocres, sino “simplemente prescindibles” y que tal hecho significaba “un descalabro para quien no creía en la sola gratitud del hacer”.

Y el descalabro no se hizo esperar. Después de algunas críticas poco convincentes y de un escueto comunicado en la prensa anunciando sus nuevos libros, Azolar se convenció de que no alcanzaría la fama antes de los cuarenta, quizá nunca, y vio la oportunidad de hacerlo por medio de una obra escrita por Daniel Valencia, autor reconocido por críticos, libreros y lectores, traducido a varios idiomas y a quien conoció en la editorial donde trabajaba. A pesar de que Valencia no permitía que alguien leyera cualquiera de sus obras antes de entregarlas al editor, esta vez, debido a la insistencia de Azorla, y a que se había establecido entre ellos cierta camaradería, aceptó prestársela con la condición de que se la devolviera en tres días.

Era una obra maestra.

4 pensamientos en “Los platos del diablo, de Eduardo Liendo

  1. Interesante tema el del plagio. No me cabe duda de que Eduardo Liendo es un gran escritor, y sabe muy bien de lo que habla en esta novela.

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  2. ¡Qué buena reseña mi profe! Sin delatarnos la historia, podemos imaginar qué pasó. A buen entendedor… y así nos motiva a leerla.
    La buscaré en pdf ya que debe andar por allí.
    Como bien les conté, es una deuda literaria que
    traigo desde bachillerato.
    Gracias por compartirla profe,
    Abrazo y besos
    Ericka

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