A la deriva

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Horacio Quiroga  (Uruguay  1878 – Argentina  1937)

(1057 palabras)

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

―¡Dorotea! ―alcanzó a lanzar en un estertor―. ¡Dame caña!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

―¡Te pedí caña, no agua! ―rugió de nuevo―. ¡Dame caña!

―¡Pero es caña, Paulino! ―protestó la mujer, espantada.

―¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

―Bueno; esto se pone feo ―murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito ―de sangre esta vez―    dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

―¡Alves! ―gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

―¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

¿Qué sería? Y la respiración…

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

-Un jueves…

Y cesó de respirar.

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Análisis

Punto de vista del narrador. Tercera persona (omnisciente).

Personaje principal. Paulino.

Personaje secundario. Dorotea (su mujer); el compadre Alves y otros personajes de menor importancia pero necesarios para recrear su delirio, como el compadre Gaona, su expatrón mister Dougald; y el recibidor del obraje, Lorenzo Cubilla, que los menciona por sus nombres para destacar lo claro que los percibe en su delirio. (Si no fuese así no valdría la pena llamarlos por sus nombres, les daría un peso innecesario).

Conflicto. A nuestro protagonista lo muerde una serpiente. “Pero el hombre no quería morir”. Aprovecho esta aclaratoria que hace el narrador para comentarles que si por alguna razón nuestro amigo Paulino quisiera morir, y pisara la serpiente con ese propósito, entonces el conflicto se desvanecería y el cuento perdería todo sentido. Al final moriría como era su deseo, sin resistencia, lucha, esfuerzo, acción, sin una meta difícil de alcanzar, elementos fundamentales para que haya cuento. Por el contrario, este hombre no quiere morir e intenta salvarse, pelea por su vida hasta el último aliento. Ahora bien, preguntémonos quién le ocasionó el conflicto a Paulino, ¿un actor secundario, él mismo? No, ¿verdad?, fue la fatalidad la que intervino: caminaba por la selva y sin darse cuenta “pisó algo blancuzco”.

Escenario. Tres escenarios: el rancho, la selva, el río.

Tiempo interno. Corto, un día cuando mucho.

Descripciones.

  • Del escenario. Sobre el rancho donde vive con su mujer no se dice prácticamente nada, sólo se nos informa sobre la rueda de un trapiche en la que Paulino “se echó de brazos” al llegar malherido y angustiado. Pero de la selva, del río, de la exuberante naturaleza que rodea todo aquello se dice tanto y con tal detalle y hermosura que podríamos considerarlo un personaje más, un actor que compite con el principal en presencia y emoción. Dada su belleza, repasemos este  párrafo de cabo a rabo: “El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única”. Notemos que, a pesar de la bella  descripción, no deja de ser fatalista, augurio de un triste final, una descripción totalmente adaptada a la situación que vive nuestro protagonista que se deja llevar por la corriente en una barca por ese gran río en busca de ayuda. Frases como las paredes que “encajonan fúnebremente el río”, “orillas bordeadas de negros bloques”, “el bosque, negro también”, “muralla lúgubre”, “paisaje agresivo”, “silencio de muerte”, así lo demuestran.
  • De la apariencia física de los personajes. El autor le da poca o ninguna importancia al aspecto físico de sus personajes. Aparte de que se entiende que son relativamente jóvenes, no sabemos nada más de su apariencia corporal, por lo que somos libres de imaginarlos como queramos. A Paulino lo imagino de contextura fuerte, de piernas cortas, gruesas y ojos de culebra, con el ceño siempre fruncido y la cabeza gacha. A su mujer la imagino joven, morena, de pelo largo, negro, vestida con una de esas batas de flores ideales para los días calurosos.
  • De la personalidad. Dorotea es una típica mujer del campo de aquella época (aunque todavía existen): sumisa y obediente. Ve llegar al hombre herido y corre en busca de un vaso de caña.  Apenas participa en el relato. Paulino por el contrario es un hombre de carácter, recio, de machete en cinto y mujer a sus órdenes. Albergaba la esperanza de combatir el veneno con unos cuantos vasos de caña, pero al ver que “no sintió nada en la garganta”, se dio cuenta de la gravedad de la picadura y mirando su “pie lívido”, “ya gangrenoso”, murmuró: “Bueno, esto se pone feo”. Sin embargo, a pesar de tener “la carne desbordada como una monstruosa morcilla”, el hombre no se queja, no pide a Dios, no se consuela con su mujer… Es un tipo duro, decidido, y busca resolver su problema a su manera; intuye que dejarse llevar por el río en busca de ayuda es su única alternativa. Del resto de los personajes no hay mucho que decir. El compadre Alves tal vez no estaba en casa o simplemente no le quiso abrir la puerta porque seguía disgustado. En este caso podríamos calificarlo como un tipo rencoroso, orgulloso… Los demás no actúan en el relato, por lo que no se les puede atribuir conducta o comportamiento alguno.
  • De la naturaleza. Siendo el escenario la naturaleza misma, podemos continuar con otros aspectos de la descripción.
  • De los Abalorios narrativos. De principio a fin estas informaciones complementarias se concentran en las consecuencias de la mordedura de la yaracasusú, primero sobre el pie de Paulino y luego en el efecto que causa sobre todo su cuerpo, incluyendo su delirio final. Veamos algunos ejemplos: “El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura”, “la sed lo devoraba”, “Y se decidió a pedir ayuda al compadre Alves”, “semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío”, “llegaría pronto a la población de Tacurú-Pucú…”. Son datos descriptivos extras cuya contundencia, eficacia, asertividad, oportunidad y cantidad dependerán de nuestro sentido común; algo que afortunadamente no es estático, que se agudiza, crece y se fortalece en la medida en que sea mayor el tiempo que dediquemos a la lectura y a la escritura de cuentos.

Estructura.

Planteamiento: El planteamiento es muy breve, apenas: “el hombre pisó algo blancuzco”; hasta aquí no ha pasado nada de relevancia, “algo blancuzco” pudo haber sido cualquier cosa: un pedazo de papel o de plástico, el cuerpo de un ave, alguna fruta o raíz lechosa… Primer punto de giro: “Y enseguida sintió la mordedura en el pie”. No hay duda de que este hecho nos introduce en el conflicto: una mordedura. ¿Qué animal lo mordió, qué tan grave es esa mordedura, qué consecuencias le traerá? Por eso se llama punto de giro, porque a partir de ese evento se comienza a dar respuesta a todas estas incógnitas. Nudo, punto de giro y desenlace: Este hombre fue mordido por una serpiente venenosa y lucha por salvar su vida. No hay ninguna duda de que lo peor que puede pasarle es que muera, que no encuentre quien lo auxilie. No hay otro lugar entonces donde pueda ubicarse el nudo de este relato que al final. Justo donde dice: “Y cesó de respirar”. Podríamos muy bien discutir durante largo rato sobre este asunto. Alguien pudiera alegar que el nudo aparece cuando Paulino comienza a sentirse mejor, argumentando que es el momento en el que comienza a morir. Otro quizás preferiría ubicar el nudo cuando ya el hombre delira y desvaría en su inconsciencia; otro buen punto de vista. Y algún otro podría suponer que el nudo está en el momento en que Paulino “sintió que estaba helado hasta el pecho”, o cuando “estiró lentamente los dedos de la mano”. Otra observación interesante. Lo cierto es que cualquiera de estos puntos podría servirnos como nudos si no existiese la declaración: “Y cesó de respirar”. Prueba contundente de que el hombre murió. Ya no se sugiere, ya no le queda ninguna posibilidad de salvación. En consecuencia el Nudo, el Punto de giro dos y el Desenlace están en esta última sentencia.

Cambio del principal: Paulino es ahora hombre muerto. Una vez más muere el protagonista ―desenlace desaconsejado―, pero en este caso es diferente: la muerte no llegó por sorpresa, no fue la solución de otros conflictos, ella es el conflicto mismo desde que se produjo la mordedura, es el enemigo a vencer. Nuestro protagonista luchó contra ella con todas sus fuerzas, agotó las alternativas dentro de las escasas posibilidades que le ofrecía la selva, pero se impuso la adversidad y fracasó en su empeño.

La verdad detrás del cuento.

De nuevo estamos ante un relato cuyas raíces no pueden estar más profundas en la tierra. A simple vista Quiroga no nos cuenta una historia paralela, no nos refiere a una realidad hipotética que subyace en el mundo de la imaginación, no, Quiroga nos cuenta algo que sale de las entrañas mismas de la selva… Pero, a mi juicio, no hay cuento del que no podamos derivar mensajes y sacar conclusiones (que pueden ser muy diversas dependiendo de los intérpretes) que satisfagan nuestro interés por el relato. En este caso bien podríamos pensar en la gran soledad en la que vivía Paulino, aislado con su mujer en una selva inhóspita, y preguntarnos: ¿qué provocó tal aislamiento, qué hizo que se alejaran tanto de la civilización que ni siquiera un dispensario con suero antiofídico se podía encontrar? Por otro lado tal aislamiento pudo haber sido algo natural, no buscado, la condición natural del campesino y su entorno de carencias donde a su manera son felices. Y nosotros, ¿qué hay de nosotros?, cuántas veces no hemos vivido o sentido esa sensación de huir, de escapar, de dejar todo y refugiarnos en lugares donde podamos estar solos y dejarnos llevar, aunque sepamos que en cualquier momento algo con forma de serpiente pueda truncar nuestros planes, un riesgo en el que no pensamos hasta que la pisada de algo blancuzco nos marca el destino.

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