No oyes ladrar a los perros

Juan Rulfo (México 1917-1986)

(1.309 palabras)

—Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.

—No se ve nada.

—Ya debemos estar cerca.

—Sí, pero no se oye nada.

—Mira bien.

—No se ve nada.

—Pobre de ti, Ignacio.

La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.

La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.

—Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.

—Sí, pero no veo rastro de nada.

—Me estoy cansando.

—Bájame.

El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces.

—¿Cómo te sientes?

—Mal.

Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:

—¿Te duele mucho?

—Algo —contestaba él.

Primero le había dicho: «Apéame aquí… Déjame aquí… Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco». Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra.

—No veo ya por dónde voy —decía él. Pero nadie le contestaba.

El otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.

—¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien. Y el otro se quedaba callado.

Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo.

—Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio?

—Bájame, padre.

—¿Te sientes mal?

—Sí

—Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.

Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.

—Te llevaré a Tonaya.

—Bájame.

Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:

—Quiero acostarme un rato.

—Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado. La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro.

La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.

—Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas.

Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.

—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso… Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: «¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!». Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente… Y gente buena. Y si no, allí esta mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: «Ese no puede ser mi hijo».

—Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo.

—No veo nada.

—Peor para ti, Ignacio.

—Tengo sed.

—¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír.

—Dame agua.

—Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo.

—Tengo mucha sed y mucho sueño.

—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces. Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza… Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.

Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara.

Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.

—¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: «No tenemos a quién darle nuestra lástima». ¿Pero usted, Ignacio?

Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.

Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.

—¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.

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Análisis

Punto de vista del narrador. En este relato, aunque comienzan hablando los personajes, un narrador en tercera persona (a veces del singular, a veces del plural), que hace apariciones esporádicas, nos cuenta la historia de esos dos que van por la vereda.

Personaje principal. El viejo o papá de Ignacio.

Personaje secundario. Ignacio, la difunta madre, el compadre Tranquilino, los que ayudaron al viejo a echarse al hijo a la espalda.

Conflicto. El padre desea o debe o quiere llevar a su hijo a Tonaya para que un doctor cure sus heridas. No va a Tonaya a pasar el fin de semana, a visitar a unos familiares o a sentarse en el bar del pueblo a tomar tequila, su interés es salvar a su hijo, el motor del relato. Lo lleva a cuestas… Es cierto que el hijo está herido y que esto podría significar un conflicto mayor, en cuyo caso Ignacio sería el protagonista, pero debemos tener cuidado y dar crédito a lo que está escrito, confiar en lo que nos cuenta el narrador y en el peso que le atribuye a los diferentes personajes. En este relato el único que manifiesta una preocupación reiterada, un deseo insatisfecho, una meta por alcanzar es el viejo, el padre de Ignacio, que no deja de repetir frases como: «Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él…». Luego, después de tambalearse un poco se endereza e insiste: «Te llevaré a Tonaya». Está empeñado en lograr su objetivo. Tal vez fracase, pero tiene fe de lograrlo no obstante su pesada carga, el largo trecho recorrido, la invisibilidad del camino. «Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya para que le alivien esas heridas que le han hecho». «Duérmete allá arriba. Al cabo te llevo bien agarrado». «¡Aguántate! Ya debemos estar cerca», le dice con ánimos de que el hijo se sostenga, de que no se entregue, de que pronto llegarán al pueblo y harán algo por él. Ignacio, por su parte, habla poco, apenas expresa su dolor, ¿está débil, cansado, ha perdido mucha sangre?, no lo sabemos. A la pregunta: «¿Cómo te sientes?», él responde: «Mal», restándole importancia a sus heridas o resignado ya a su fatal destino. Claro que es grave lo que le pasa a Ignacio, pero es obvio que el peso del relato recae sobre el viejo: es el que muestra, repito, una verdadera preocupación, el que acciona y lucha por lograr un objetivo, que no es otro, ya lo dijimos, que el de llegar pronto a Tonaya para salvar a su hijo; por lo tanto es él quien tiene el conflicto y, en consecuencia, el papel de protagonista. ¿Quién le ocasiona el conflicto? Ignacio, claro, un personaje secundario lo pone en esta difícil situación.

Escenario. Dos escenarios: un camino entre montañas que a veces pasa por las orillas de un arroyo y, al final, la población de Tonaya.

Tiempo interno. Corto, unas cuantas horas.

Descripciones

  • Del escenario. Ambos personajes caminan por un intrincado sendero donde «la sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo…», «Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio», «Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte…». Todo el relato se desarrolla en este camino solitario, campestre, hacia el pueblo donde atenderían al herido. Un hombre viejo lleva a su hijo a cuestas a la espera de una señal, de una luz, del ladrido de unos perros al menos, para animarse, para tener pruebas de que ya les falta poco para llegar a su destino.
  • De la apariencia física de los personajes. No hay descripciones físicas de forma directa en este relato, sino más bien sugeridas. Como lectores intuimos que el viejo no es tan viejo dada su fortaleza física y que su hijo, según sus antecedentes, ya no es un niño, que está herido y que no tiene fuerzas para caminar. Por lo demás, todo queda a nuestra imaginación, nada difícil cuando el escenario y el diálogo son tan definitorios. Sólo tenemos que recordar aquellas viejas películas mexicanas para figurarnos el aspecto físico de estos personajes: el color de su piel, de sus ojos, lo lacio de sus cabellos; tal vez los ojos rasgados, la baja estatura y los músculos del cuerpo duros como las piedras del lugar. Así que Rulfo debe de haber pensado que todo el mundo sabe cómo son los campesinos mexicanos: muy similares en apariencia, y que no tenía por qué perder el tiempo describiendo físicamente o encajonando a dos de ellos entre las rejas de una descripción como si el suceso fuera irrepetible, por el contrario, de esta manera, sin descripciones físicas concretas, da la sensación de generalidad, de que esto podría sucederle a cualquier campesino mexicano.
  • De la personalidad. Son las que más abundan en el cuento. Debemos evitar en lo posible los calificativos para representar la personalidad de nuestros protagonistas. Ellos, con su sola actuación, nos mostrarán su forma de ser. Recordemos a Henry James: «No lo digas, muéstralo». Sin embargo los calificativos y las palabras abstractas como ya hemos dicho sí nos serán útiles a efectos didácticos o ensayísticos para definir la conducta de un individuo. Entonces, si hablamos del hombre mayor, la impresión que nos da a lo largo del relato es que es un hombre recio, de carácter, voluntarioso, terco, respetuoso de la memoria de los muertos y de las leyes. Llevará a su hijo a Tonaya a como dé lugar, así sea a rastras, aunque se «derrengue». Esto por un lado, y por el otro no lo hará por él sino por «su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo dejara tirado allí…». Luego le dice: «Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí… He dicho: ‘¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!’ Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente… Y gente buena». Ya este corto segmento es una buena muestra descriptiva de la personalidad de nuestro protagonista, que se reafirma a lo largo del relato. Sobre Ignacio no hay mucho que decir: la vida o las circunstancias lo convirtieron en un delincuente. Ahora, herido y acarreado por su padre, parece llorar, ¿por su propio infortunio, por el recuerdo de su madre, por las terribles palabras que le ha dicho su padre?, no se sabe. El narrador dice: «Sobre su cabello sintió (el viejo) que caían gruesas gotas, como de lágrimas». Como de lágrimas, es decir, no estamos seguros si eran lágrimas, sudor o gotas de sangre, pero asumamos que lloraba (que, confío, es lo que el narrador nos quiere decir), eso le da un toque de humanidad a la personalidad de Ignacio, un aspecto de su conducta que apenas se roza en el cuento. Observemos que no hay una escena que nos pruebe cuán delincuente es o fue Ignacio, pero lo dice el viejo, en quien creemos ciegamente. Otra cuestión que queda a nuestra interpretación es que, el viejo, ¿verdaderamente odiaba a su hijo, de verdad deseaba «¡que se le pudra en los riñones la sangre que yo le dí!?» ¿De verdad hacía todo ese esfuerzo por miedo a una reprimenda de la difunta esposa si abandonaba al muchacho allí, en medio del monte, para que muriera como un desgraciado? Tal vez no, aunque fuera un delincuente y hubiese matado a gente buena, era su hijo, simplemente, y fuera por lo que fuera, mientras tuviese fuerzas, haría lo posible por salvarlo. Es una mera hipótesis que comparto con ustedes.
  • De la naturaleza. También se hacen referencias a la naturaleza, justificadas obviamente por el escenario al aire libre donde se desarrolla el cuento. Es de noche y ese toque poético, apenas perceptible, que se asoma en casi todos los escritos de Rulfo, destaca lo pueblerino, le da elegancia, invita a vivirlo. «La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda». Luego: «Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra». E insiste con la luna a medida que el par de hombres avanza y el tiempo les apremia: «La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro». Y ya casi al final: «Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna». Ya lo hemos visto, las descripciones de este tipo pueden obviarse, pero no podemos negar que realzan el cuento, lo ponen bonito, lo hacen más creíble.
  • De los abalorios narrativos. «La sombra larga y negra de los hombres», «Era una sola sombra», «Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar a los perros», «El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros…». Pudiéramos transcribir una buena parte del cuento haciendo alusión a estos abalorios narrativos, segmentos, pequeñas mostacillas que van ensartando la narrativa misma.

Estructura

Como todos, Rulfo también se vale de la estructura convencional del cuento para desarrollar la historia. No obstante las variables pueden ser infinitas. Veamos cómo el maestro mexicano arma este relato.

Planteamiento. Rulfo nos presenta a un Ignacio que ya va herido y su padre entabla un diálogo con él. La primera frase del viejo: «Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal…», nos crea de inmediato una incertidumbre. «…allá arriba», ¿dónde?, ¿por un camino paralelo más alto en la montaña, sobre un caballo o una mula, sobre una carreta…? El otro le responde que no se ve nada y la incertidumbre continua hasta que el viejo anuncia que se está cansando e Ignacio le dice «Bájame». Es en este momento que el enigma se aclara y nos damos cuenta de que el viejo lleva al hijo sobre los hombros. El planteamiento se produce en plena acción, una mezcla entre planteamiento y nudo, como los eslabones intermedios de una larga cadena. Punto de giro uno: ¿Dónde ubicar el primer punto de quiebre entonces, el que nos introduce en el conflicto, si el planteamiento roba elementos del nudo para materializarse? En estos casos lo mejor es dejarse llevar por el texto y buscar aquello que primero despierte nuestra atención… La frase del viejo: «Pobre de ti, Ignacio», me pone en alerta, me abre las puertas del conflicto, aunque este se haya iniciado mucho antes, en otro momento y lugar no definido en el relato. Nudo: Ya sabemos que el conflicto de nuestro protagonista no es otro que llegar a Tonaya con el fin de que un doctor atienda y salve la vida de su hijo. Salvar la vida del muchacho entonces es la esencia del conflicto, lo principal, el motor del cuento como ya mencioné más arriba. Teniendo esto claro hagámonos la pregunta de siempre. En este caso, ¿qué es lo peor que le puede pasar a nuestro protagonista con relación al conflicto planteado? Que Ignacio muera, sin duda. Al afirmarse que con dificultad el viejo destrabó los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose significa que ya estaba duro, tieso, con algunas horas de fallecido, lo que quiere decir también que murió en algún momento de la travesía. Así que, si queremos ser estrictos y rigurosos en este aspecto, el nudo de este relato está en un punto impreciso entre el momento en que Ignacio dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies y cuando el viejo dejó caer el cuerpo sobre la acera, flojo, como si lo hubieran descoyuntado. Es un nudo cuyo pico existe, es alto y muy puntiagudo, pero cierta neblina cubre su vértice. Punto de giro dos y Desenlace: Al parecer el viejo no quiere aceptar la muerte de su hijo. Ya sabe que está muerto. Al destrabar los dedos de su cuello tuvo que haberlo notado. Sin embargo, refiriéndose a los perros que ladran por todas partes, le dice: «¿Y tú no los oías, Ignacio?», una pregunta desconcertante que más que un punto de giro nos precipita al desenlace cuando añade: «No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza». Final que se presta a muchas conjeturas. Por supuesto que el viejo sabía que su hijo cayó al suelo muerto como si lo hubiesen descoyuntado, flojo el cuerpo, los dedos tiesos y engarrotados, pero tenía esperanzas de llegar a tiempo, de salvarle la vida; no le fue posible, fracasó, luchó por lograr su objetivo, hizo su mejor y mayor esfuerzo, pero la fatalidad se impuso y dio al traste con sus deseos. El viejo quería que su hijo le respondiera si oía ladrar a los perros no sólo para saber que se acercaban a Tonaya sino para comprobar que todavía vivía, que al menos con esa esperanza Ignacio lo podía ayudar.

Cambio del principal: No hay duda de que nuestro protagonista ahora, al final del relato, no es el mismo que el del principio. Su hijo murió, ya no importa que haya llegado a Tonaya ni que los perros estén ladrando. Hizo lo posible por resolver su problema satisfactoriamente pero no lo logró: la gravedad de las heridas de su hijo, el tortuoso acarreo, el tiempo transcurrido, se lo impidieron. En resumen, el viejo era un personaje esperanzado, con una idea fija entre ceja y ceja; este de ahora es un hombre derrotado, entregado, aparentemente resignado por lo que le deparó el destino. ¿Sufre, amaba al muchacho? Creo que sí, aunque no lo demuestra de la forma convencional dadas las penurias y enojos que le hizo pasar. A fin de cuentas el autor deja que cada quien saque sus propias conclusiones. Y, como ya dijimos, quizás todos tengamos un poco de razón.

La verdad detrás del cuento

Si nos empeñamos en buscar un mensaje más allá del texto que hemos leído (como cuentistas debemos hacerlo siempre) encontraríamos muchos: la inseguridad imperante en el campo mexicano de aquellos años, el amor que un padre puede prodigar a su hijo aunque este sea un delincuente, el esfuerzo que es capaz de hacer para salvarlo, la aparente indiferencia y resignación con que lo acarrea, las diferentes conductas de dos personas, parientes, que viven en el mismo ambiente y época, el respeto a la memoria de los muertos, el odio estancado en las palabras y el amor imponiéndose en los hechos… No se cuenta una historia paralela con el rigor de la palabra, pero se cuenta el inicio de muchas historias alternativas que también proyectan ideas y significados que van mucho más allá del texto leído.

Felices cuentos

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