Celebrando el Día mundial del Arte

Leonardo Da Vinci

De: Pintores inmortales. Relatos biográficos.

Leonardo lo admiraba como a nadie, se esforzaría, haría lo imposible por aprender y por estar a la altura de las enseñanzas de tan prestigioso pintor y escultor. Corría el año de 1469 en Florencia y Leonardo aguardaba el veredicto de quien sería su maestro. Hacía un sol esplendoroso. El olor a óleo impregnaba cada rincón del taller y varios jóvenes, pincel en mano, trataban de darle forma y color a sus lienzos. Un par de ventanas abiertas dejaban pasar un aire primaveral. La imagen que se veía en la calle de enfrente, de pequeños balcones inundados de flores, daban la sensación de ser cuadros en sí mismos empotrados en el marco de las ventanas. El sonido de las carretas se mezclaba con el de los cascos de los caballos sobre las piedras, un perro ladraba a lo lejos y otro le replicaba más allá. Ser Piero, padre de Leonardo, observaba a Andrea Verrocchio con ansiedad. Le había entregado algunos dibujos de su hijo con la esperanza de que aceptara al muchacho en su taller como aprendiz. Leonardo tenía dieciséis años y ya había demostrado gran habilidad para el dibujo. Ser Piero, quien ejercía el importante cargo de notario de la ciudad, hubiese preferido que su hijo fuera abogado o que se dedicara a los negocios. Pero Leonardo no mostraba interés ni por las leyes ni por el comercio, por el contrario, se sentía muy atraído por la música, el dibujo y las matemáticas. Verrocchio detallaba uno a uno los dibujos. El joven se retorcía las manos y su mirada viajaba entre los ojos del maestro clavados en sus dibujos, la expresión expectante del padre y el florido cuadro que se dibujaba en la ventana. De vez en cuando lanzaba una mirada, que pretendía ser desinteresada, a los jóvenes tras los lienzos y se complacía con la fantasía de arrancarles los pinceles de las manos y continuar él con lo que fuera que estuviesen pintando. Ser Piero sonreía de vez en cuando al advertir los gestos de aprobación del maestro. Leonardo estaba dispuesto a comenzar ya mismo si fuese necesario. Desde muy niño se había dedicado a las  actividades que le atraían, pero a ninguna con la formalidad de rigor. Con la música, específicamente con el laúd, solía tocar y cantar ante la burguesía florentina, que alababa y aplaudía al simpático niño tan gracioso y despierto. A muy temprana edad había leído las Metamorfosis de Ovidio y el Decamerón de Bocaccio. Paralelamente fue descubriendo su inclinación hacia el dibujo, y fue entonces cuando Ser Piero, preocupado porque su hijo fuera un hombre de bien y tuviera un oficio, y consciente de la extrema facilidad con la que el niño dibujaba cualquier cosa que se propusiera, decidió presentarlo ante el prestigioso y reconocido pintor Andrea Verrocchio, quien tenía un taller donde se habían formado otros grandes pintores, pero ninguno de la calidad y el prestigio que él había alcanzado. Ser Piero necesitaba saber su opinión, si le veía algún futuro como pintor al delgado muchacho de ojos profundos y actitud tímida que con todo aquel ambiente de lienzos, pinceles y formas parecía sentirse en medio de una fiesta. Verrocchio respiró profundo, repasó los dibujos una vez más, lentamente, con la lentitud de alguien que saborea un buen vino pero que por alguna razón no quiere exteriorizar cuánto le gusta, dijo en voz baja que aunque tenían algunas fallas, eran interesantes, que había que trabajar mucho con el muchacho, pero que sí, lo aceptaba en el taller. Ser Piero no podía ocultar su alegría. Se levantó y con ambas manos estrechó las del maestro mientras una gran sonrisa le nacía en el rostro. Luego le dio un par de palmadas en la espalda a su hijo. Leonardo a su vez le dio la mano a Verrocchio y le dijo que no se arrepentiría, que haría lo posible por ser el mejor, por no defraudarlo. Con gran entusiasmo comenzó a estudiar y a trabajar en todas las actividades que tienen que ver con el arte del dibujo. Aprendió a pintar en profundidad, a mezclar colores, a dibujar modelos desnudos y vestidos, animales, plantas, nubes y cuanta imagen su mente recreara. Preocupado por la precisión de las líneas, por el trazo en sus dibujos, elaboraba pequeñas figuras con terracota o arcilla y sobre ellas colocaba telas secas y húmedas para luego practicar hasta llegar a reproducir con asombrosa exactitud cada arruga, cada doblez y cada costura. También aprendió a fundir metales, el arte de la escultura y sobre todo a observar, a ver más allá de lo simplemente aparente; estudió asimismo fundamentos de la arquitectura y de la perspectiva. El joven Leonardo progresaba a pasos agigantados. Muy pronto tuvo la oportunidad de colaborar en un cuadro importante que un acomodado de la época le había encargado a su maestro. Verrocchio le pidió entonces que pintara a un joven que va de la mano de un ángel. Leonardo se esforzó cuanto pudo para complacer a su maestro, para demostrarle cuánto había avanzado, y realizó el fragmento con excepcional soltura y maestría. Verrocchio observó el trabajo. Con reflexiva expresión asintió levemente con la cabeza, pero no dijo nada, no hubo una sonrisa, un gesto de aprobación, un reconocimiento, algo que le dijera al joven alumno que sus esfuerzos no habían sido en vano. Pensativo, Leonardo se acercó a la ventana y observó las flores que colgaban del pequeño balcón, a un costado las colinas que rodean el valle y, más allá, el río Arno, vena de Florencia y bienhechor de la Toscana. Pensó que su trabajo no le había gustado al maestro. ¿Qué otra explicación podría haber? Tendría que esforzarse más, trabajar más, estudiar la luz con más detenimiento, cada hora del día, profundizar las sombras y ser más cuidadoso en la mezcla de colores… Los cascos de unos caballos estrellándose contra la empedrada callejuela lo distrajeron por un momento. Trabajaría como ellos, pensó, con la fuerza de esos caballos; no perdería otra oportunidad. Profundizó entonces en la luz y en las sombras, en los colores y en la perspectiva, en la anatomía humana y en la naturaleza, en la rigurosidad del trazo, en las expresiones de la gente según su circunstancia: si triste o alegre, si molesta o animosa, si tímida o extrovertida, si falsa o genuina, si preocupada o tranquila… Según la disposición de los personajes, el ambiente, el escenario en general, haría una representación sobre la intensidad de los eventos y deduciría de ellos la profundidad o sutileza de las escenas, difuminaría la lejanía hasta que se perdiera en el horizonte… Estaría dispuesto a repetir mil veces un trazo, un color, una obra completa si con ello lograba un gesto de aprobación por parte de su admirado maestro.

Tiempo después, cuando Leonardo contaba ya con veinte años, llegó la oportunidad que tanto ansiaba. Verrocchio, atribulado por el trabajo, le pidió su colaboración en El bautismo de Cristo, donde Leonardo se ocupó de pintar el cuerpo de Cristo y de retocar el paisaje circundante, también de pintar el ángel que de rodillas sostiene unas vestiduras. Fue tal la perfección de la imagen lograda por el joven estudiante que la crítica de la época la consideró mejor incluso que la realizada por el propio Andrea Verrocchio. Leonardo se sentía al lado de las estrellas. Todos estaban impresionados por el logro alcanzado por el joven pintor. Cuando, satisfecho y orgulloso del trabajo realizado, se presentó  ante el maestro, Verrocchio lo recibió como si no lo conociera. Se dio la vuelta y se marchó sin pronunciar palabra.

 

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