Crimen ejemplar

Max Aub (París 1903 – México 1972)
(357 palabras)

Hacía un frío de mil demonios. Me había citado a las siete y cuarto en la esquina de Venustiano Carranza y San Juan de Letrán. No soy de esos hombres absurdos que adoran el reloj reverenciándolo como una deidad inalterable. Comprendo que el tiempo es elástico y que cuando le dicen a uno a las siete y cuarto, lo mismo da que sean las siete y media. Tengo un criterio amplio para todas las cosas. Siempre he sido un hombre muy tolerante: un liberal de la buena escuela. Pero hay cosas que no se pueden aguantar por muy liberal que uno sea. Que yo sea puntual a las citas no obliga a los demás sino hasta cierto punto; pero ustedes reconocerán conmigo que ese punto existe. Ya dije que hacía un frío espantoso. Y aquella condenada esquina abierta a todos los vientos. Las siete y media, las ocho menos veinte, las ocho menos diez, las ocho. Es natural que ustedes se pregunten que por qué no lo dejé plantado. La cosa es muy sencilla: yo soy un hombre respetuoso de mi palabra, un poco chapado a la antigua, si ustedes quieren, pero cuando digo una cosa, la cumplo.
Héctor me había citado a las siete y cuarto y no me cabe en la cabeza el faltar a una cita. Las ocho y cuarto, las ocho y veinte, las ocho y veinticinco, las ocho y media, y Héctor sin venir. Yo estaba positivamente helado: me dolían los pies, me dolían las manos, me dolía el pecho, me dolía el pelo. La verdad es que si hubiese llevado mi abrigo café, lo más probable es que no hubiera sucedido nada. Pero esas son cosas del destino y les aseguro que a las tres de la tarde, hora en que salí de casa, nadie podía suponer que se levantara aquel viento. Las nueve menos veinticinco, las nueve menos veinte, las nueve menos cuarto. Transido, amoratado… Llegó a las nueve menos diez: tranquilo, sonriente y satisfecho. Con su grueso abrigo gris y sus guantes forrados:
―¡Hola, mano!
Así, sin más. No lo pude remediar: lo empujé bajo el tren que pasaba.


Análisis

Punto de vista del narrador. Primera persona del singular. (A veces busca la aprobación o incluye al lector).
Personaje principal. El hombre que espera (quien narra la historia, sin nombre).
Personaje secundario. Héctor.
Conflicto. Está muy claro: el hombre que espera detesta la impuntualidad cuando esta excede de “cierto punto”. Es decir, tiene una cita, espera a Héctor, quedaron de verse a las siete y cuarto, y está dispuesto a esperar un rato más, pero cuánto más: ¿media hora, una, dos, tres horas? En definitiva su mayor deseo es encontrarse con Héctor (actor secundario causante del conflicto), pero éste todavía no llega, lo que le genera molestia y desesperación.
Escenario. Una esquina de la ciudad colindante a la vía del tren.
Tiempo interno. Desde las siete y cuarto hasta las nueve menos diez. A diferencia de muchos cuentos, el tiempo aquí está perfectamente delimitado.
Descripciones.
Del escenario. Nos encontramos en la esquina de Venustiano Carranza y San Juan de Letrán “abierta a todos los vientos”.
De la apariencia física de los personajes. No se nos informa de la apariencia física de nuestro protagonista, pero sí de cómo se sentía en aquella esquina huracanada: “Yo estaba positivamente helado: me dolían los pies, me dolían las manos, me dolía el pecho, me dolía el pelo” (esto no deja de ser gracioso). “Transido, amoratado”. Sobre Héctor, en este aspecto, no se dice absolutamente nada. Recordemos que a medida que la extensión del relato es menor también se reduce, por supuesto, la información que el autor considere menos relevante.
De la personalidad. Está más que dicho en el cuento. Aunque por lo general el narrador no acostumbra a hablar de sí mismo hay formas de hacerlo, claro, sin que suene pedante o vanidoso. Por ejemplo: “no soy de esos hombre absurdos que adoran el reloj”, “Comprendo que el tiempo es elástico”, “tengo un criterio amplio para todas las cosas”, “Siempre he sido un hombre muy tolerante…”. Y así sucesivamente el narrador nos va informando sobre aspectos de su personalidad, indispensables para darle sentido y cierta lógica (aunque nos parezca desproporcionada, pero la ficción a veces nos sorprende con sus verdades) al trágico final del relato.
De la naturaleza. Forma parte vital del cuento. Por supuesto que todo aquel desastre climático influyó en la decisión final de nuestro narrador, así que había que insistir en él con cierta crudeza. “Hacía un frío de mil demonios” “Y aquella condenada esquina abierta a todos los vientos”. Dado que el relato se desarrolla al aire libre, es de suponer que algunas descripciones de naturaleza y escenario se entrelacen y den lugar a una única y válida descripción para ambos elementos.
De los Abalorios narrativos. “Me había citado a las siete y cuarto en la esquina de Venustiano…”, sabemos que esta frase es parte del planteamiento pero, si queremos ponerle nombre y guardarlo en nuestro archivo mental, codificarlo como “parte del planteamiento” sería muy general y ambiguo; en cambio con la etiqueta de Abalorio narrativo podemos conceptualizar y visualizar mejor este dato lanzado sobre la mesa, al igual que algunos otros.
Estructura.
Planteamiento: Luego de una corta descripción del estado del tiempo el narrador nos habla de su forma de pensar, de su forma de ser en general, haciendo énfasis en la posición que tiene con respecto a la puntualidad específicamente. Punto de giro uno o inicio del conflicto: Se produce cuando a las ocho de la noche, luego de cuarenta y cinco minutos de espera, el narrador nos dice: “Es natural que ustedes se pregunten por qué no lo dejé plantado”. Es el punto donde ya damos por sentado la creciente molestia que vive el narrador (y nos invita a compartirla), la seguridad de que su paciencia se está agotando y el inicio de un conflicto cuyas consecuencias en este momento ignoramos. Nudo: Por supuesto que si lo que más desea nuestro narrador es encontrarse con Héctor, el nudo del relato entonces se produce cuando éste “Llegó a las nueve menos diez”, no cuando de forma impulsiva decidió arrojarlo a la vía del tren ―si así fuera otro sería el cuento―. Es en ese momento, “a las nueve menos diez”, cuando nuestro narrador ve saciado su deseo, cuando logra su objetivo, la razón por la que había esperado hasta esa hora. Punto de giro dos: Vistos los acontecimientos el punto de giro dos aparece muy cerca, a continuación de la hora de llegada de Héctor, cuando nuestro protagonista lo describe “tranquilo, sonriente y satisfecho”. Tiene que haber estado a punta de infarto cuando después de tal retraso vio esa cara tranquila, sonriente y satisfecha, y para colmo bien abrigado y enguantado, él, que por “esas cosas del destino” había dejado en casa su abrigo color café. Tal punto de quiebre provocó el terrible final del relato. Desenlace: El narrador lo reconoce y lo dice con mucha honestidad: “No lo pude remediar”. Y lo empuja “bajo el tren que pasaba”. Más que algo premeditado fue una reacción involuntaria, no planificada, de la que un instante después pudo haberse arrepentido… Un mensaje muy claro para los que acostumbran a ser impuntuales. En conclusión, cierta jocosidad se nota a lo largo de este cuento, cierto humor negro que nos recuerda al inolvidable director de cine Alfred Hitchcock.
Cambio del protagonista: Es obvio, ahora nuestro narrador es un asesino. ¿Un juez disminuirá su pena cuando se entere de las razones que tuvo para tal acción? Tal vez no. O sí, en otro cuento de Max Aub.

La verdad detrás del cuento.
Diferentes mensajes se desprenden de este relato:
Que ser impuntuales puede ser algo peligroso.
Que en un momento de tensión cualquiera puede obedecer a un impulso criminal.
Que nunca vayas a una cita sin tu abrigo.
Que ser puntual puede traernos inconvenientes.
Que necesitamos elevar nuestro nivel de tolerancia.
Y muchas otras que tú puedes añadir.

Comentario: es de hacer notar que aunque hay un asesinato (hecho grave y de mucho peso), no le resta fuerza ni cambia el conflicto del cuento. Es sólo un desenlace. Trágico sí, pero desenlace al fin. Lo que, a lo sumo, deja insinuada una historia por venir.

Felices Cuentos.

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4 comentarios en “Crimen ejemplar

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