El viejo en el puente

Ernest Hemingway (Estados Unidos, 1899-1961)

(653 palabras)

Un viejo con gafas de montura metálica y la ropa llena de polvo estaba sentado junto a la carretera. Habían tendido unos puentes y los cruzaban carros, camiones y hombres, mujeres y niños. Los carros de mulas subían tambaleándose las orillas empinadas del río con los solda­dos ayudando a empujar los radios de las ruedas. Los camio­nes patinaban al subir la rampa y los campesinos se esfor­zaban en una polvareda que les llegaba a las rodillas. Pero el viejo estaba sentado allí, sin moverse. Estaba demasiado cansado para seguir.

Mi tarea era cruzar el puente, explorar la avanzadilla y saber hasta qué punto había avanzado el enemigo. Lo hice y volví a cruzar el puente. Había menos carros ahora, y muy poca gente cruzaba a pie, pero el viejo seguía sentado allí.

—¿De dónde viene? —le pregunté.

—De San Carlos —dijo, y sonrió.

Era su ciudad natal, y por eso mencionarla se le hacía agradable, y sonrió.

—Cuidaba animales —explicó.

—Oh— dije, sin entenderle del todo.

—Sí –dijo–, ya ve, estaba cuidando animales. Fui el último que abandonó San Carlos.

No parecía un pastor ni un ganadero y le miré la ropa negra y polvorienta y la cara gris y polvorienta, y sus gafas metálicas y dije:

—¿Qué animales eran?

—Varios animales –dijo, y sacudió la cabeza–. Tuve que dejarlos.

Yo miraba el puente y el paisaje africano del delta del Ebro y me preguntaba cuánto faltaba para poder ver al enemigo, y escuchaba todo el tiempo para oír los primeros ruidos que señalarían ese acontecimiento, siempre miste­rioso, denominado contacto, y el viejo seguía sentado allí.

—¿Qué animales eran? —pregunté.

—En total había tres animales –explicó–. Había dos cabras y un gato, y también había cuatro parejas de pichones.

—¿Y los tuvo que dejar? —pregunté.

—Sí. Por la artillería. El capitán me dijo que me tenía que ir por culpa de la artillería.

—¿No tiene familia? —pregunté, mirando al otro lado del puente, donde los pocos carros que quedaban se apresuraban a descender la pendiente.

—No –dijo–, solo los animales que le dije. El gato, desde luego, estará bien. Los gatos saben cuidarse, pero me da miedo pensar qué será de los demás.

—¿De qué partido es usted? —pregunté.

—No me meto en política –dijo–. Tengo setenta y seis años. He andado doce kilómetros ya, y no creo que pueda seguir.

—Este no es un buen sitio para quedarse –dije–. Si puede subir, hay camiones arriba, donde el desvío de Tortosa.

—Esperaré un poco –dijo–, y entonces iré. ¿Adónde van los camiones?

—A Barcelona —le dije.

—No conozco a nadie por ese camino –dijo–, pero se lo agradezco mucho. Muchas gracias.

Me echó una mirada muy vacía y cansada, y dijo, como si tuviese que compartir sus preocupaciones:

—El gato estará bien, estoy seguro. No hay que preocuparse por el gato. Pero los demás… ¿Qué cree que les pasará?

—Bueno, probablemente les vaya bien.

—¿De verdad?

—¿Por qué no? —dije mirando a la otra orilla, donde ya no había carros.

—Pero, ¿qué les pasará con la artillería? A mí me dijeron que tenía que irme por la artillería.

—¿Dejó la jaula de los pichones abierta? —le pregunté.

—Sí.

—Entonces volarán.

—Sí, claro que volarán. Pero los otros… Es mejor no pensar en los otros —dijo.

—Si ya ha descansado, debería irse –le urgí–. Levántese y trate de caminar ahora.

—Gracias —dijo, y se puso en pie, se tambaleó, y volvió a caer sentado en el polvo.

—Cuidaba animales –dijo sordamente, pero ya no me hablaba a mí–. Solo cuidaba animales.

No se podía hacer nada. Era Domingo de Resurrección y los fascistas avanzaban hacia el Ebro. Era un día gris y nublado, con nubes bajas, y sus aviones no habían podido volar. Eso, y el hecho de que los gatos saben cuidarse solos, era toda la buena suerte que aquel hombre podía esperar.

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 Análisis

Punto de vista del narrador. En este relato breve nos encontramos con un narrador testigo (el soldado) que está presente en la escena y nos habla del viejo que descansa junto a la carretera, de él mismo en segunda instancia y de lo que ve y oye alrededor del polvoriento escenario. En las primeras líneas el soldado aparece como un narrador en tercera persona que nos describe a un “viejo con gafas de montura metálica y la ropa llena de polvo…”. Luego en el segundo párrafo nos damos cuenta, no sin cierta sorpresa, de que el narrador está allí: “Mi tarea era cruzar el puen­te…” Se nos revela entonces como un narrador testigo que cuenta su experiencia; es decir, hablará en primera persona, también lo hará en tercera cuando nos hable del viejo y realizará intervenciones varias cuando el relato lo amerite. Y el autor permitirá de la misma forma que el viejo –a tra­vés de las preguntas del soldado– tome la palabra y nos hable de sí mismo, sobre lo que más le preocupa. El soldado, sin embargo, es el que lleva el peso de la narración (no om­nisciente, por supuesto), que nos contará lo que sucede en ese concurrido puente, donde hay un viejo que despierta su curiosidad y existe la expectativa de un posible ataque enemigo.

No obstante, si analizamos con atención el último párra­fo del cuento, notaremos que la voz cambia. Ya no es el soldado quien habla: se percibe otro tono, otra entonación, otra persona que interviene y observa detalles. Y esa nueva voz no puede ser otra que la del autor: una voz fría, des­criptiva, informativa, que salta (por decirlo de alguna ma­nera) de un final convencional a una especie de epílogo con el que cierra el cuento. Así se siente, como un epílogo que hace las veces de desenlace, que lo complementa y le pone punto final al relato. Esta nueva voz que cierra el cuento es la de un Hemingway omnisciente que todo lo sabe, que incluso puede vaticinar “toda la buena suerte que aquel hombre podía esperar”.

Personaje principal. El viejo, sin ninguna duda, es el protagonista de esta historia. Toda la atención del cuento, desde el primer párrafo donde se menciona un par de veces, se centra en él. Si tenemos alguna vacilación para determi­nar quién es el principal –de este y de cualquier otro relato (como ya lo hemos dicho)– preguntémonos cuál es el con­flic­to y sobre quién recae. Esto nos ayudará también a iden­tificar a los personajes secundarios y a ubicarnos en el cuento.

Personaje secundario. El soldado, el narrador ya descrito, es el personaje secundario que sobresale después del principal. Como dije, él está presente, es testigo y nos cuenta parte de su historia, pero principalmente nos cuenta la que vive el anciano, el hombre cansado que ya no puede dar un paso más. También figura el enemigo, los hombres, las mujeres y los niños que cruzan el puente, los soldados y los campesinos; todos apenas mencionados para recrear el ambiente y darle credibilidad a la historia (la famosa “masa” de la que hemos hablado: público de relleno) ¿Son estrictamente necesarios? No con todo el rigor del adverbio. Aparte del soldado –que es fundamental– el autor pudo haber obviado a los que conforman esa “masa” que aparece en el escrito. Pero si intentamos leer el relato sin ellos nos daremos cuenta de que no se siente el mismo efecto, de que la historia pierde realismo y significado.

Conflicto. Ya sabemos que el conflicto en un cuento lo tiene el personaje que desea algo y que por alguna razón no puede obtener. En este relato el único que desea algo es el viejo, y lo reitera en diferentes ocasiones cuando dice por ejemplo: “Cuidaba animales”. “Varios animales. Tuve que dejarlos”. “En total había tres animales”. “El gato, desde luego, estará bien. Los gatos saben cuidarse, pero me da miedo pensar qué será de los demás…”. “¿Qué cree que les pasará?”. Está claro que el conflicto del cuento, el que figura impreso en el papel, es el deseo insatisfecho del anciano de seguir cuidando a sus animales; el haberse visto obligado a abandonarlos representa para él una gran preocupación. ¿Quién provoca el conflicto? Podríamos decir en este caso que la fatalidad, es decir, la guerra. “El capitán me dijo que me tenía que ir por la artillería”. “Pero ¿qué les pasará con la artillería? A mí me dijeron que tenía que irme por la artillería”. Si tomáramos a los que manejan la artillería, o a los “enemigos”, como personajes secun­darios, entonces el conflicto que vive el principal lo provo­ca­rían ellos: el enemigo. De cualquier forma, de lo que sí podemos estar seguros, es de que un factor externo le causa el problema al pobre viejo que todo el tiempo “estaba sentado allí, sin moverse”. Si partimos de que el viejo es el principal del relato, entonces no cabe duda de que el secundario es el soldado, el que cuenta la historia como ya señalamos. Es cierto que este secundario también presenta una inquietud que no termina de ser un deseo como tal. Veamos: “Yo miraba el puente y el paisaje africano del delta del Ebro y me preguntaba cuánto faltaba para poder ver al enemigo, y escuchaba todo el tiempo para oír los primeros ruidos que señalarían ese acontecimiento, siempre misterio­so, denominado contacto…”. Por otro lado (y este sí es un deseo insatisfecho, aunque, tratándose de un desconocido, no se esfuerza mucho en resolverlo) muestra su preocu­pación por lo que pueda sucederle al anciano: “Este no es un buen sitio para quedarse. Si puede subir, hay camiones arriba, donde el desvío de Tortosa”. “Si ya ha descansado, debería irse. Levántese y trate de caminar ahora”. Son dos preocupaciones menores que no tienen comparación con el peso del problema central del anciano, reiterado una y otra vez, donde podemos sentir en carne propia el dolor del viejo por haber tenido que abandonar a sus animalitos. Estos “conflictillos” que a veces presentan algunos secun­darios (o el mismo protagonista) son necesarios para darle verosimilitud, cuerpo, a la historia, pero debemos tener cui­dado de no confundirnos, ya que esto significaría equivo­carnos en la elección del personaje principal, lo que nos alejaría de la comprensión del cuento.

Con el fin de ampliar y hacer hincapié en el conflicto, y aunque algunos conceptos se repitan, comentemos la escena previa al segmento anterior, en la que les pregunto a los participantes del taller quién es el principal de la his­toria y cuál es su conflicto. Miro a mi público y noto que las dudas salen como el agua por la regadera. El amigo de la corbata se la afloja un poco, el de la barbita continúa jalándose la docena de pelos que tiene en la cara y la chica del piercing me mira fija con sus hermosos ojos aceitunos. Releo parcialmente el cuento y la chica, con su brillante aro en su labio inferior (me pregunto si no le molesta para comer) argumenta:

—El viejo, profesor, deseaba salvar a sus animalitos y…

—Una tontería —dice el de la corbata.

—¿Por qué lo dice? —intervengo.

—Me parece un conflicto muy tonto para un cuento de un premio Nobel. Un viejo preocupado por unos anima­litos… cuando su vida está en peligro… me parece algo absurdo, con poco sentido.

—¿Y tú qué opinas? —le digo al de barba.

Se jala su chiva de mazorca, se aclara la voz y muy reflexivo dice:

—Si nos apegamos a lo que dice el cuento, me parece que lo que más preocupa al pobre viejo son sus animalitos… El escritor lo repite varias veces, no creo que lo haga sin una intención premeditada.

—Estoy de acuerdo —dice la chica mientras se muerde una de sus uñas.

Observo al de la corbata, que no deja de acariciarla como si eso le ayudara a pensar… Pero insiste en su posición.

—Bueno, desde ese punto de vista suena lógico, pero aún considero absurdo que por unos “animalitos” a este cuento se le considere tan importante, por ejemplo, como para leerlo en un taller de cuento.

—No deja de tener cierta razón nuestro amigo de corbata –dije, impresionado por la sinceridad del muchacho (es todavía joven a pesar de que tiene el cabello blanco, alrededor de treinta o poco más), uno de esos personajes de los que se dice que no tienen pelos en la lengua y a quien (descubro) le desagradan los animales–. Pero anali­cemos esto a fondo. El conflicto que se presenta en el cuen­to, como lo expusieron los demás, es sin duda alguna que el viejo está preocupado por sus animalitos, que sufre por haberlos abandonado, que culpa a la artillería de no poder ocuparse de ellos: es el conflicto principal del cuento, sobre el que se insiste una y otra vez. Pero –y aquí viene la res­puesta a su inquietud, le digo al de la corbata–, ¿no se tratará todo de una excusa? ¿No será que Hemingway nos presenta este conflicto si se quiere un tanto banal o irrelevante (aunque nos convence de que es verdaderamente importante para el protagonista) para reflejar algo de mayor trascenden­cia? Y así es, no hay la más leve duda de ello: Hemingway se vale de un indefenso viejo para reflejarnos (como en el Iceberg) el gran conflicto del cuento, que no es otro que el de la guerra: cómo afecta la guerra a un anciano, a un enfermo, a un animal, a cualquiera que ya no pueda valerse por sí mismo; y no hablemos de los miles que en la plenitud de sus facultades físicas pierden las esperanzas de vivir y se aferran a las pequeñas cosas para olvidarse de lo que les rodea. Y el autor utiliza a un soldado para que lo cuente todo, un tipo que se nos presenta humano, sosegado, tratan­do de ayudar a un anciano que se encuentra en el camino, pero pendiente de ese “acontecimiento, siempre misterioso, denominado contacto” para matar a los enemigos, seres humanos tal vez tan buenas personas como él.

Hubo un silencio sepulcral (me encanta esta expresión. Con el tiempo nos damos cuenta de que hay expresiones que se han repetido tanto, pero tanto, que si no las usamos el párrafo queda como en el aire, como si le faltara algo que ya le pertenece y que nadie le puede quitar, algo que incluso el lector reclama como suyo). Así que después de este gran silencio vino una sonrisa y todos estuvimos de acuerdo en la conclusión alcanzada, incluso el amigo de corbata estiró las piernas y cruzó los dedos en su nuca con expresión satisfecha. Bien por Hemingway.

Escenario. La carretera junto al puente. No hay otro escenario. Lo más recomendable para desarrollar ese evento único que le da contundencia al relato.

Tiempo interno. Muy corto, minutos, lo que pudo ha­ber durado una fortuita conversación.

Descripciones

  • Del escenario. Solo hay que releer el primer párrafo para darnos cuenta de la detallada descripción de todo lo que sucede en ese lugar. Recordemos una fracción: “Habían tendido unos puentes y los cruzaban carros, camiones y hombres, mujeres y niños. Los carros de mulas subían tambaleándose las orillas empinadas del río con los soldados ayudando a empujar los radios de las ruedas…”. En un solo párrafo se resume la triste situación que se vive en ese puente donde un grupo de gente trata de avanzar a como dé lugar y otro, un viejo, está “demasiado cansado para seguir”.
  • De la apariencia física de los personajes. Sobre el protagonista de nuestra historia sabemos que tiene setenta y seis años y que está muy cansado, tanto que él mismo lo reconoce cuando dice: “He andado doce kilómetros ya, y no creo que pueda seguir”. Esta­tura, color de ojos, cabello, piel… ¿son necesarios? No, el autor (que no es el narrador, ya lo sabemos) no los consideró pertinentes y compartimos su criterio (sería irrelevante que el soldado nos diera más detalles en este aspecto; con calificarlo de viejo es más que suficiente). La verdad es que podemos imaginarlo como nos parezca y eso no cambiará la historia. Con respecto al personaje secundario o narrador del relato no sabemos absolutamente nada. Solo intuimos que, por ser un soldado en funciones, es un hombre joven.
  • De la personalidad. Como ya hemos dicho (y perdonen si insisto en esto), se deduce por sus ac­ciones, pensamientos y palabras. Nuestro apreciado viejo ama a los animales, es un buen hombre, de no­bles sentimientos: parece preocuparse más por el fu­turo de sus animales que por su propia vida. No se perdona el haberlos dejado: “El capitán me dijo que me tenía que ir por la artillería”. Por otro lado, dada su edad, parece resignado al terrible futuro que le espera. Es un hombre de temple, de carácter, no llora, no se queja de sí, solo muestra preocupación por los seres de los que se siente responsable y que por des­gracia tuvo que abandonar. Y si hablamos del soldado (ya mencionamos algo sobre su personalidad) vemos a un hombre aparentemente tranquilo, como quien espera que llegue el periódico para enterarse de las noticias del día. Se preocupa por el viejo, sí, pero no lo ayuda a caminar o a subirse a uno de esos carros que pasan por el puente. Él está cumpliendo una mi­sión y no se arriesgará por un anciano que ya no puede caminar; también su vida está en peligro.
  • De la naturaleza. Son realmente pocas. Aparte de que se nos anuncia un río, una gran polvareda y que desde el puente se miraba “el paisaje africano del delta del Ebro”, no se describe nada de peso en este sentido hasta que el narrador nos dice, como antici­pando un terrible final, “era un día gris y nublado, con nubes bajas…”.
  • De los Abalorios narrativos. Veamos algunos ejemplos: “Mi tarea era cruzar el puente, explorar la avanzadilla y saber hasta qué punto había avanzado el enemigo”, “¿De dónde viene?”, “De San Carlos” “Cuidaba animales”, “Fui el último que abandonó San Carlos”. “¿Qué animales eran?” “Varios ani­males… Tuve que dejarlos”… Y como estos ejemplos podríamos vislumbrar muchos y variados. Insisto en que son segmentos de la narrativa, pedazos de ella: otras descripciones, datos extras, informaciones adi­cio­nales, pasajes que por instantes hacen que la acción se inserte en nuestro hilo de Abalorios narrativos: piezas de un collar que vamos armando para que se ajuste cómodamente en el cuello de una hermosa mujer, detalles dosificados con sentido común, siem­pre a favor de la historia y con la permanente inten­ción de hacerla verosímil.

Estructura. Hemingway no se complica la vida en este relato y tampoco se la complica al lector. Utiliza la estructura clásica de planteamiento, nudo y desenlace, con la variante de que no hay simetría entre los elementos. El nudo, por ejemplo, está casi al final del cuento. Veamos:

Planteamiento: No hay duda de que es un plantea­miento poco común y cargado de eventos insinuantes. Nos presenta a un viejo, nos da una pequeña descripción de su situación, nos habla de un puente atestado de gente y vehículos, etc. Pero como en todos los planteamientos no pasan de ser detalles de poca relevancia u eventos más o menos cotidianos hasta que ocurre algo que nos despierta el interés y nos hace prever un conflicto en el porvenir. Punto de giro uno: En este caso la palabra “soldados” logra ese objetivo. Cuando el narrador dice que los “sol­dados” ayudaban empujando los radios de las ruedas u otras actividades, es el momento donde se deja claro que nos encontramos en un escenario de guerra y que por ese ca­mino, o más o menos apegado a él, se desarrollará el relato que nos ocupa. Así que justo allí, en la palabra “soldados”, podremos fijar nuestro Punto de giro uno sin temor a equivocarnos. Nudo: Basándonos en el análisis anterior (me refiero al del conflicto) y olvidándonos por un momen­to del gran conflicto que subyace en el relato, podemos decir que el nudo de la historia se presenta cuando ya el viejo pierde las esperanzas de salvar a sus animalitos. Observemos que él no se preocupa por su vida, por su futuro a todas luces incierto y al parecer carente de importancia, se preocupa por sus protegidos, y el nudo debe estar entonces en el punto donde esa preocupación pierde sentido, donde el viejo ya no tiene esperanzas de hacer algo por ellos (aunque los palomos salgan volando). Y ese punto se manifiesta cuando nuestro personaje declara: “Sí, claro que volarán. Pero los otros… Es mejor no pensar en los otros”. Esta última frase declara su rendición, es el punto culmi­nante de su conflicto, es cuando acepta su derrota y se entre­ga sin oponer más resistencia. Punto de giro dos: Como dijimos, es ese pequeño quiebre que a veces (digo a veces porque cuando se trata del segundo Punto de giro puede darse la posibilidad de que no exista) añade o quita algo a la historia, y que cuando se incluye se sitúa en un lugar posterior al nudo. En este caso me complazco en ubicarlo en la parte donde el soldado anima al viejo a caminar y este “…se puso en pie, se tambaleó, y volvió a caer sentado en el polvo”. Hubo algo aquí, un esfuerzo, un intento de seguir adelante, un punto de quiebre que por breves instantes nos creó la expectativa de que tal vez podría caminar, recuperarse y huir de aquel potencial infierno.

—Así que puede ser un dolor de cabeza esto de ubicar el Punto de giro dos en una historia –les digo a mis participantes–. Es a veces tan complicado como encontrar la página de un libro cuando previamente no la hemos marcado.

El de barba sonrió. Yo me di la vuelta y volví al pizarrón.

Desenlace: No hay opciones. Tal vez los gatos del anciano supieran cuidarse solos, y él, por ser Domingo de Resurrección y de nubes bajas, podría vivir un día más.

Cambio del protagonista: La chica del piercing, muy pendiente de todo lo que hemos visto hasta el momento, se acomoda en su asiento y dice:

—¡El cambio!, profesor, usted dijo que si el protagonista no se transforma entonces el cuento pierde su sentido o algo parecido.

—Es cierto –dice el de la corbata y pelo blanco–. Este viejo del final es el mismo que estaba sentado a la orilla de la carretera, con sus mismas preocupaciones… No ha cam­biado nada.

El de la barbita guarda silencio por un instante. Luego dice:

—No, no es el mismo, en primer término ya está seguro de que no recuperará a sus animalitos.

—Eso lo sabía desde el principio –adelantó el encorbatado.

—Sí, lo sabía –insiste el de barba–, pero tenía la espe­ranza de recuperarlos o de hacer algo por ellos. Y cuando el soldado le dijo que intentara andar, él hizo el esfuerzo de levantarse y de hecho lo logró, pero ya no pudo más y cayó de nuevo. Quiero decir, sí cambió, por un instante cre­yó que podría seguir, pero “fracasó en el intento” como dice el profesor.

Apoyo la teoría de mi inteligente monje tibetano dicien­do que a veces las transformaciones en los personajes pue­den ser muy sutiles, apenas perceptibles, y donde se requiere la participación del lector para definirlos con cierta claridad, no siempre tan definitiva.

Y pasamos a otro tema. La del piercing sigue comién­dose las uñas y el de la corbata se la ajusta de nuevo no muy convencido de la teoría de nuestro amigo de barba. Los cientos de participantes de las filas traseras escuchan tan atentos como los integrantes de una orquesta cuando el director levanta por primera vez su delgada batuta.

 

La verdad detrás el cuento

Ya hemos dicho que el gran conflicto de este relato no es otro que el de la guerra. Nos escenifica lo que la guerra representa, la miseria moral que acarrea, los inocentes que sufren las consecuencias de esas fuerzas humanas que se enfrentan como seres sinrazón. Hemingway logra que un pequeño conflicto individual dé cuenta de uno grande, amplio, de mayor trascendencia: sin duda, la marca de un gran escritor.

Felices cuentos.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. josé silva dice:

    me encanta, esta genial el cuento.

    Me gusta

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