Felicidad clandestina

Clarice Lispector (Brasileña de origen judío, 1920-1977)
(1005 palabras)

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como “fecha natalicio” y “recuerdos”.
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:
―Vas a prestar ahora mismo ese libro.
Y a mí:
―Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?
Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.


Análisis

Punto de vista del narrador. Primera persona. El narrador en primera persona no lo sabe todo. Se limita a contar su historia y lo comprobable con respecto a los demás. Pero en este caso sucede una simpática y llamativa excepción cuando nuestra protagonista afirma: “El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico”. En esta frase ella, y por breves instantes, se convierte en una narradora omnisciente: sabe lo que un secundario piensa y lo dice sin tapujos ni dudas. Luego vuelve a ser la inocente chica del relato que narra todo desde su punto de vista muy personal y protagónico.
Personaje principal: Una chica, como ya señalamos (la que narra la historia). Sin nombre.
Personaje secundario. Una vecina (llamémosla así ya que no parece ser su amiga), su madre y el padre, apenas mencionado, al igual que su grupo de amigas (personajes de relleno). Todos, incluyendo la protagonista, se nos presentan sin nombre.
Conflicto. La chica desea fervientemente leer Las travesuras de Naricita, un libro de Monteiro Lobato en poder de su vecina, que por alguna razón se niega a prestárselo. Un personaje secundario (la vecina) le genera el conflicto. .
Escenario. Las calles de Recife, la casa de la vecina.
Tiempo interno. Pocos días.
Descripciones.
Del escenario. En este caso, al contrario de otros cuentos que hemos leído, el escenario tiene muy pocas descripciones. Sobre la casa de la vecina no se da ningún detalle y sobre las calles de la ciudad apenas se mencionan sus puentes, a los que califica como “más que vistos”. Y leído el cuento vemos que no es vital para el relato describir el escenario, obviamente no es eso lo que la narradora persigue, pretende sí que centremos nuestra atención en la personalidad de los actores.
De la apariencia física. Son abundantes e indispensables sobre todo en este relato donde el aspecto físico de las chicas juega un papel preponderante. Por la forma de hablar y las acciones que realiza intuimos que nuestra protagonista es una muchacha bastante joven, tal vez adolescente, “chata de busto, mona, alta, de cabello libre”. La vecina es más o menos de la edad de nuestra protagonista, “gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme”.
De la personalidad. Las palabras abstractas nos ayudan a describir este tipo de aspecto. Podemos ver que la narradora es una muchacha alegre, entusiasta, amante de la lectura, persistente, sentimental, algo engreída… En tanto que “la gorda” parece ser todo lo contrario: cruel, vengativa, egoísta y tal vez ―por ser la otra más “mona”― sienta envidia de nuestra protagonista.
De la naturaleza. La narradora no consideró relevante comentarnos si era de día o de noche, si la brisa era suave o el viento hacía estremecer las copas de los árboles, si estaba despejado en Recife o por el contrario era un día gris y las nubes comenzaban a descargarse. No obstante estaba tan alegre por la posibilidad de recibir el libro que, como en una ensoñación, “no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro”. Pero no describe el ambiente o el escenario que la rodea, se describe a sí misma, la euforia que la embarga: personalidad y naturaleza como ecos de la mente. Aparte de este detalle nada le interesa destacar a la narradora desde el punto de vista de la naturaleza o estado del tiempo como en otros casos: quiere concentrar la historia lo más posible, profundizar en el motivo que la llevó a escribir el cuento… Recordemos que quien narra es una adolescente alegre, vivaz, amante de los libros, no una poeta o una cuentista consagrada que pueda impresionarnos con una prosa más depurada, como sí lo hace Lispector en otros cuentos.
Estructura.
Planteamiento: Vemos un planteamiento muy descriptivo donde la narradora da detalles de ciertos aspectos físicos de los personajes y nos anuncia que el padre de la vecina es “dueño de una librería”, algo que “a cualquier niña devoradora de libros le habría gustado tener”. De entrada nos deja claro su amor por los libros. Luego hace referencia a que la vecina no aprovechaba ese privilegio y tampoco ellas, sus conocidas, por cuanto no tenían acceso a esos libros, ni siquiera en los cumpleaños donde recibían “una postal de la tienda del padre en vez de un librito barato por lo menos”. Hasta el momento, si bien es verdad que apreciamos cierta insatisfacción en nuestra protagonista, no hay nada que nos impresione de tal manera que marque un punto de giro. Punto de giro uno: Sin embargo, cuando la narradora dice: “Pero qué talento tenía para la crueldad”; y luego agrega: “toda ella era pura venganza”, nos damos cuenta de que, efectivamente, un conflicto está en puertas. No se hacen afirmaciones como estas para que queden en el aire o luego no tengan una justificación; en el cuento todas las palabras son importantes y en especial las que por su peso o significado hacen que la balanza se incline hacia un lado y den lugar a un hecho concreto y único. Nudo: La mejor forma de reconocer el nudo de un cuento es preguntándonos qué es lo peor o lo mejor que le puede pasar al protagonista, siempre en relación al conflicto ya definido. En este caso es sencillo establecerlo. Lo indeseable, lo peor que le puede pasar a nuestra joven amiga es que no obtenga el libro que desea; lo contrario sería lo que la haría feliz. Entonces podemos ubicar el nudo en la frase de la madre de la vecina cuando le dice a su hija: “Vas a prestar ahora mismo ese libro”. Y luego se refuerza cuando le dice a nuestra protagonista: “Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?”. Punto de giro dos: Al releer esta parte del relato notamos que este punto de giro luce fragmentado, es decir, dividido en diferentes partes, sorprendentes e inesperadas, aunque hay una que al final sobresale. Podríamos esperar que nuestra protagonista, al lograr su objetivo, se disponga a leer el libro, disfrutarlo, leerlo por segunda o tercera vez, repetir de memoria algunos de sus párrafos… pero no sucede así. “Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio”. Luego, “al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía”. Y después reconoce: “Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad”. Esta última declaración engloba lo anterior y lo que está por venir, por lo que sin lugar a dudas sería el segundo punto de giro de nuestro cuento. Desenlace: Aunque ya la narradora nos da un adelanto de esta actitud, no dejan de sorprendernos frases como: “el libro abierto en el regazo, sin tocarlo”. Ratifica esto su concepto de felicidad, algo clandestino, secreto, “un éxtasis profundo” que reserva para sí. Y luego con la declaración: “No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante”, la narradora nos lleva a otros espacios, nos saca del simple contexto de una lectura esperada y convierte al libro en una suerte de llave maestra que puede abrir todas las puertas, e incluso satisfacer sus anhelos de mujer.
Cambio del principal: Ya lo dice el relato: “No era más una niña con un libro”. Ya no corre ni salta de alegría cuando recibe el libro y cumple su deseo, no, “me fui caminando muy despacio… Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo”. Algo había cambiado dentro de ella más allá de alimentar su felicidad clandestina: una luz que de pronto se encendió, un puente que no había cruzado, otros libros que no había leído, ahora “era una mujer con su amante”.

La verdad detrás del cuento.
Felicidad clandestina es uno de esos cuentos cuya historia paralela cumple con sutileza la teoría de que los relatos sólo se realizan ―o logran su objetivo en el sentido más amplio de la palabra― cuando llegan a simbolizar o a representar algo más allá de la historia contada. Ya mencioné que no solo estoy de acuerdo con este punto y también anoté que no hay cuento, por básico que sea, que no nos deje algo, si no una historia paralela con todo el rigor, sí al menos una idea, un mensaje, positivo o negativo, que bien podríamos englobar en una o en varias palabras abstractas. Siendo específicos, en este relato tenemos la posibilidad de llegar a algunas conclusiones, tan valederas o no dependiendo de nuestra particular manera de ver las cosas. Una de ellas podría referirse a esos sueños que una vez logrados cambian la perspectiva que de ellos teníamos y se convierten en algo nuevo que nos sorprende. O alguien podría concluir que al obtener lo que deseamos se pierde el interés por ello. O que podemos desear tanto una cosa que al tenerla a nuestra disposición preferimos evitarla, casi hasta ignorarla, para alargar su disfrute y de alguna forma pretender eternizarlo… En este caso nuestra protagonista se topa con una felicidad secreta, muy suya, que se expande y expande hasta que ya no cabe dentro de su pecho: un libro, un amante, una pasión, un sueño, algo nuevo y a la vez clandestino que seguramente su mirada no podrá ocultar.

Felices cuentos.

2 comentarios en “Felicidad clandestina

  1. El cuento es muy bueno Heberto, y el análisis mejor todavía. Hay en ese cuento sin embargo, una frase que no me termina de convencer. La frase final: “No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.”
    Aunque se supone es la reflexión de la narradora que ya de adulta recuerda esos momentos, no creo que es aplicable al tiempo en que transcurre la escena, es decir, cuando ella era pequeña.
    Yo hubiera escrito:
    “A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. De haber ocurrido ahora me sentiría como una mujer con su amante.”

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