La soledad de los números primos, de Paolo Giordano

Portada de La soledad de los números primos

Ese día amanecí resfriado. No tenía fiebre ni dolor de cabeza, pero la garganta me ardía y estornudaba sin cesar. Hacía frío en Madrid, por lo que mi mujer me dijo que no era conveniente que saliera, que mejor me quedara en casa reposando, otro día haríamos los asuntos pendientes que, estando de vacaciones, no eran muchos ni muy importantes.

Como un buen muchacho seguí sus indicaciones: me quedé en pijamas, bebí el té que me había preparado y me senté en el sofá con un libro entre las manos. A las ocho de la mañana comencé a leer La soledad de los números primos, de Paolo Giordano y, no me pregunten cómo, entre estornudos y gárgaras de sal, a las diez de la noche ya lo había terminado. La verdad es que no soy un fanático de los best Sellers, doy más importancia a la literatura como tal que a los temas que algunos grandes vendedores de libros desarrollan, y con eso no quiero decir que los menosprecio, pero este en especial me llamó poderosamente la atención. ¿Qué novela puede vender más de un millón de libros en apenas dos años? Fue la pregunta que me hice cuando la vi en la vitrina de Casa del libro de la populosa Gran vía de Madrid. No había otra forma de responder a esa pregunta que leyéndola, así que la compré y me dispuse a leerla en varias sesiones, como normalmente acostumbro, cosa que resultó imposible gracias no a mi resfriado sino a lo cautivadora que es esta novela, que apenas si te deja tiempo para comer algo o tomar una limonada. Dos historias se van desarrollando paralelamente (al son de los números primos, números que sólo son divisibles entre 1 y entre sí mismo), la de Alice y la de Mattia, desde que son muy niños y aún el destino no ha acercado sus vidas. Ambos son los protagonistas de sucesos desventurados acaecidos en su infancia, ambos se lamentarán de ello toda su vida, ambos atentarán contra su cuerpo como una forma de expiar sus culpas, ninguno podrá llegar a perdonarse definitivamente, los dos llevarán una existencia gris y ensimismada, ambos se observarán desde la barrera, coquetearán entre ellos, incluso intentarán cambiar la matemática que rige sus destinos. Son vidas totalmente diferentes y a la vez iguales, separadas, como los números primos gemelos (11 y 13, por ejemplo), pero unidas para siempre como almas solitarias que nunca llegarán a tocarse, siempre habrá algo entre ellas: un número, un elemento, una circunstancia, un criterio, una pieza que no hace juego. La matemática rige el destino de estos personajes de la misma forma fría e imparcial con que arroja sus resultados, sin sentimentalismo ni equívoco. En cada uno de los cuarenta y seis capítulos que conforman la novela se presenta de forma descarnada una realidad que llega a ser desgarradora. Nos dice cómo la influencia de un padre exigente puede llegar a afectar a los hijos, cómo la presencia de un hermano con una condición especial puede cambiar el destino de un hombre y el de una familia, cómo el entorno, la sociedad, los compañeros de clase en la escuela, pueden desviar o marcar el futuro de niños menos afortunados.

La novela parece estar estructurada en dos grandes bloques, como si se hubiesen escrito dos novelas por separado y luego sus capítulos hubiesen sido mezclados como lo haría un mago con un mazo de cartas. El primero comienza con Alice. Ya desde el primer capítulo el autor no se reserva nada, narra de forma cruda y objetiva qué fue aquello que marcó la vida de la niña para siempre. Luego, en el segundo, introduce violentamente la historia de Mattia, igualmente cruda y terrible. Y a partir de estos dos primeros capítulos los demás caen como si fueran cascadas de agua hirviente, o tal vez helada, para sorprendernos con una historia que bien podría estar sucediéndole al vecino. O en nuestra propia casa.

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