La valla

Eduardo Liendo (Venezuela, 1941)

(754 palabras)

Desde la tarde que me suspendieron la incomunicación y salí del calabozo para recibir en el patio un poco de sol y de brisa salobre, la valla adquirió su dimensión de reto. Cuando regresé al calabozo ya me había penetrado la obsesión de la fuga. Mi corazón no estaba resignado a soportar la servidumbre del tiempo detenido. Por eso, el reto de la vida tenía la forma de esa cerca metálica, de no más de cinco metros de altura, enclavada en el patio de la prisión. Del otro lado se encontraba la continuidad del tiempo y la promesa de una libertad azarosa y mezquina. Era mi deber intentarlo. Cada vez que salía al patio durante esa hora vespertina, mi intención se fijaba en tratar de precisar cuál podía ser el punto más vulnerable de la valla, según la colocación del guardia (el puma) y el momento más propicio para saltarla. Era una jugada que requería de tres elementos para ser perfecta: ingenio, velocidad y testículos. Para no considerar la acción descabellada, debía descartar también la mala suerte. Por ese motivo escogí, para intentarla, el día más beneficioso de mi calendario: el 17.

Entre mi propósito de fugarme (y seguramente el de otros compañeros que caminaban pensativos por el patio) y su feliz consumación, se interponía la dura y atenta mirada del puma que siempre mantenía la subametralladora sin asegurador. Era un hombre en el que fácilmente se podían apreciar la fiereza y la rapidez de decisión. Por su aspecto físico resultaba un llamativo híbrido racial: una piel parda, curtida por el mucho sol, ojos grises de brillo metálico y el pelo marrón ensortijado.

La única ocasión que me aproximé con temeridad hasta la línea límite, marcada a unos dos metros antes de la valla, se escuchó un seco y amenazador grito del puma: ¡alto! (supe por otros prisioneros más antiguos que alguien al intentar saltarla recibió una ráfaga en las piernas). Después del incidente hice algunos esfuerzos por cordializar con el guardián, tratando, de este modo, de ablandar su atención, pero el puma no permitía el dialogo ni siquiera a distancia. Estaba hecho para ese oficio, sin remordimientos. Lo máximo que obtuve de él fue que en un día de navidad me lanzara un cigarrillo a los pies desde su puesto.

Durante cinco años mi plan de fuga se quedó en la audacia de lo imaginado. Por mi buena conducta fui transferido del calabozo a una celda colectiva, hasta que el almanaque puso fin a la espera y obtuve la costosa libertad de forma legal y burocrática. Regresé así a la normalidad calumniada que tanto despreciamos.

De nuevo el tiempo había recuperado su perdido sentido y mis reflejos comenzaron a adaptarse nuevamente a la prisa de la ciudad. La memoria de los días inmóviles se fue desdibujando. Pero una noche, durante un sueño intranquilo, reapareció la valla con su reto. Al principio logré asimilarlo como uno de esos indeseables recuerdos que con mucho empeño logramos finalmente desgrabar. Pero la misma visión comenzó a repetirse cada vez más intensa, hasta transformarse en un signo alarmante que surgía en cualquier situación. Eso me hizo detestar mi suerte: la libertad no era más que una simulación, porque yo había quedado prisionero de la valla y del miedo a saltarla.

Una mañana decidí visitar la prisión y solicité hablar con el puma (Plutarco Contreras, era su nombre). Me recibió cordialmente y hasta mostró agrado cuando le dije que tenía buena readaptación a la nueva vida, que me desempeñaba como vendedor de enciclopedias y estaba a punto de casarme. También a mí me sorprendió favorablemente no encontrar en sus ojos la antigua dureza. Volví a verlo en varias ocasiones y se estableció entre nosotros una relación amistosa. Una vez lo esperé hasta que terminó sus obligaciones, conversamos un rato y yo le ofrecí como regalo un llavero de plata con la cara de un puma. Antes de irme, con recelo le pedí un favor, él estuvo de acuerdo y comprensivo con mi solicitud.

Cuando entramos al patio, su mano descansaba con afecto en mi hombro. Después él se colocó en su sitio habitual de vigilancia, mientras yo (exactamente como lo había pensado durante años) me trepé por la valla metálica y salte hacia el otro lado del tiempo. Al caer, sentí una súbita liberación. Me di vuelta para despedirme, y apenas tuve tiempo de ver la terrible mirada del puma que me apuntaba con el arma.

—Lo siento —dijo antes de disparar— yo también esperé mucho tiempo esta oportunidad.


 

 Análisis

Punto de vista del narrador. Primera persona. Alguien nos cuenta su experiencia carcelaria.

Personaje principal. El hombre que estuvo preso, quien narra la historia (sin nombre).

Personaje secundario. El guardia de la prisión (el puma o Plutarco Contreras).

Conflicto. Nuestro personaje principal y narrador de la historia desea ardientemente saltar la valla de la prisión y fugarse. Lo dice muy claro: “el reto de la vida tenía la forma de esa cerca metálica, de no más de cinco metros de altura, enclavada en el patio de la prisión”, “mi intención se fijaba en tratar de precisar cuál podía ser el punto más vulnerable de la valla…”. Insiste en ello a lo largo de todo el relato. Por supuesto que quiere ser libre, pero más allá de eso desea hacerlo saltando la valla y burlando al guardia que permanentemente lo amedrenta con su actitud de hombre duro y arma de reglamento. La prueba está en que no obstante obtenida la libertad por la vía legal, el hombre sigue preso, pero esta vez de un anhelo no realizado, de un sueño no cumplido, de una valla transformada en obsesión de fuga y a la vez de libertad. Y la pregunta de siempre: ¿quién le causa el conflicto a nuestro protagonista, quien le impide saltar la valla? Plutarco Contreras, por supuesto, un actor secundario.

Escenario. La prisión, la ciudad, su casa.

Tiempo interno. Cinco años más el tiempo que le llevó tomar la decisión de visitar al Puma.

Descripciones.

  • Del escenario. El narrador no consideró necesario describir las distintas locaciones donde se desarrolla el relato: ni el calabozo, ni el patio de la prisión, ni la casa donde se repite ese “sueño intranquilo”.
  • De la apariencia física. El narrador evita hablar de su aspecto físico. Tiene cierta lógica siendo él quien cuenta su propia historia. Tal vez pudo haberlo hecho a través de otro personaje o del mismo Plutarco Contreras en algún momento de la narración, pero en definitiva el autor no lo consideró necesario. Sin embargo sí se nos da una detallada descripción del puma, un “llamativo hibrido racial: una piel parda, curtida por el mucho sol, ojos grises de brillo metálico y el pelo marrón ensortijado”. Y con una “dura y atenta mirada”.
  • De la personalidad. Sabemos que nuestro narrador estuvo preso, pero no los motivos. Se asume un antecedente delincuencial o una injusta detención política, lo cierto es que por algo estuvo tras las rejas e incomunicado por una temporada, lo que quizás delata cierta rebeldía en su comportamiento. Finalmente, por su buena conducta, “fue transferido del calabozo a una celda colectiva”, por lo que inferimos que de alguna forma se había adaptado al medio. Por otro lado, a pesar de su cautiverio, sabemos que se hace ilusiones, que tiene sueños por realizar, pero que no daría la vida por ellos (no de manera consciente: no se arriesgaría a saltar la valla con Plutarco Contreras apuntándolo con su subametralladora). Por otro lado da la sensación de ser un tipo de esos a los que se tilda de buena gente. Obtiene la libertad de forma legal, consigue un trabajo, piensa casarse y entabla una relación de amistad con el guardia. Hasta le regala un “llavero de plata con la cara de un puma”. En definitiva, aparte de las razones por las que estuvo preso, aparenta ser un tipo tranquilo, paciente y con expectativas de un futuro mejor. Sobre Plutarco Contreras sabemos que “Era un hombre en el que fácilmente se podían apreciar la fiereza y la rapidez de decisión”, que no le temblaría el pulso en el cumplimiento de sus obligaciones como vigilante de la prisión y adicionalmente, como una jugada del destino, coincide con nuestro protagonista en aquello de cumplir los sueños.
  • De la naturaleza. El narrador nos dice que en el patio de la prisión, en las tardes, se podía recibir “un poco de sol y de brisa salobre”, de resto no se describe ningún otro aspecto de la naturaleza o del estado del tiempo. Sin embargo este detalle nos hace pensar que, sea cual sea el país, la cárcel está cerca del mar; un detalle de poca relevancia pero que amplía el espacio de nuestro escenario.
  • De los Abalorios narrativos u Otra descripciones. Destaquemos algunos: “Era una jugada que requería de tres elementos para ser perfecta: ingenio, velocidad y testículos”, “se escuchó un seco y amenazador grito del puma: ¡alto!”, “alguien al intentar saltarla recibió una ráfaga en las piernas”, “Durante cinco años mi plan de fuga se quedó en la audacia de lo imaginado”, “Pero la misma visión comenzó a repetirse cada vez más intensa”, “porque yo había quedado prisionero de la valla y del miedo a saltarla…”.

Estructura.

Planteamiento: Liendo funde el planteamiento con el primer punto de giro y en consecuencia con el inicio del conflicto. Nos sorprende y nos amarra desde la primera línea, no nos da tiempo de saborear el café y de ponernos los zapatos para salir al parque a correr cuando ya el cuento ha salido disparado delante de nosotros como una liebre. Punto de giro uno: No hay duda de que está en la primera línea. Justamente cuando el protagonista dice: “Desde la tarde que me suspendieron la incomunicación y salí del calabozo…”. Que un prisionero salga de un calabozo de castigo, sin darle muchas vueltas, es el anticipo de algo serio, el inicio de un problema. Nudo: (Ya anticipo que este análisis va a traernos algún “conflicto”). Si una vez más nos preguntamos qué es lo peor (o lo mejor) que le puede pasar a nuestro amigo con respecto al conflicto planteado, ¿qué responderemos? No tengo dudas en sugerir que el nudo de este cuento está en el instante en que nuestro protagonista se trepa a la valla y salta “hacia el otro lado del tiempo”, y de inmediato siente una “súbita liberación”. Es lo mejor que le pudo haber pasado a nuestro protagonista según, claro está, el conflicto planteado ―lo peor hubiese sido no saltarla (es bueno aclararlo)―. Tenía un sueño, un deseo; el puma le impedía realizarlo mientras estuvo en cautiverio, así que salió de la cárcel por la vía legal, se hizo su amigo, le pidió un favor y, finalmente, logró su objetivo: saltó la valla y, por un instante, fue un hombre feliz, libre, realizado.

Punto de giro dos: Ya sabemos que por lo general este punto de giro se presenta después del nudo, pero en este cuento en especial existe una variable que hace que este punto de giro se divida en dos y una parte de él se anticipe al nudo ya descrito. Lo ubicamos cuando el preso, ya libre, readaptado “a la prisa de la ciudad”, con trabajo y planes de matrimonio, en medio de un “sueño intranquilo”, ve reaparecer “la valla con su reto”. Se supone que era un asunto olvidado, parte de un evento oscuro que no deseaba recordar; pero no, la imagen de la valla, el deseo de saltarla, se había convertido en una obsesión para él. Sin duda que este hecho es un punto de quiebre importante que le da un vuelco vital a la historia, anticipado al nudo. Y la otra parte de este punto de quiebre, inmediatamente después del nudo, que vendrá a ser, en rigor, el punto de giro dos del relato, se presenta cuando el hombre ya libre declara: “Me di vuelta para despedirme, y apenas tuve tiempo de ver la terrible mirada del puma que me apuntaba con el arma”. Es la gran sorpresa para nuestro protagonista y para nosotros los lectores. Un punto de quiebre realmente lapidario. Desenlace: Más que sorprendente. Es un final cerrado, comprensible, impactante, que no deja dudas ni espacios para las conclusiones ilógicas. El puma hace realidad su sueño después de haber ayudado a su amigo al realizar el suyo.

Cambio del principal: Por supuesto que nuestro protagonista cambia. En primer término cambia con respecto a su conflicto que, salvo muy contadas excepciones, es la base de todo cuento: logró saltar la valla, saltar “hacia el otro lado del tiempo”, y al caer sintió una “súbita liberación”. Por breves segundos ese actor secundario, que en principio se opuso a sus deseos, le proporcionó unos instantes de felicidad, le ayudó a resolver su conflicto. Asimismo cambia el puma, claro, quien también logra su objetivo.

La verdad detrás del cuento.

Es un relato que se presta para variadas interpretaciones que podrían darnos indicios de ese mensaje o historia verdadera que buscamos detrás del cuento. Una de ellas podría ser que no siempre se obtiene la libertad aunque salgamos de una cárcel, como el adolescente ansioso que no ve el día de abandonar el hogar y cuando finalmente lo logra comienza a extrañar la avena de mamá y la comida caliente en la noche cuando llega de la universidad. Detalles que para algunos podrían ser insignificantes pero que para otros podrían convertirse en una obsesión y costarles la vida… Otro aspecto a considerar es que a veces nuestros sueños pueden estar entreverados con los de otra persona, es decir, cumplir el nuestro puede significar que el otro cumpla el suyo, por lo que es importante y debemos tener cuidado con lo que soñamos y con las personas que esos sueños involucran; tal vez una de ellas sea un Plutarco Contreras.                                  

Felices cuentos.

 

Un comentario en “La valla

  1. Es un cuento excelente, de esos en los que el lector es partícipe, durante y después de terminarlo.
    Creo que el protagonista, que en este caso es el narrador, desea comprobar algo: que es capaz de llegar hasta las últimas consecuencias pase lo que pase, después de todo, al otro lado de la cerca solo le esperaba una vida azarosa y mezquina, como él mismo dice en la primera parte. No tenía mucho que perder.

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