Libro del desasosiego

Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa

Sí, como muchos, tengo una lista de libros por leer. Siempre trato de leerlos en el mismo orden en que los voy adquiriendo. Pero el estar sometido a una regla me brinda la íntima satisfacción de poder violarla, de leer lo que me parezca cuando me provoque y de reírme de la lista que reposa a la sombra de otras páginas. Así que, sin remordimientos, cruzo los brazos y me detengo frente al estante lleno de libros a ver cuál escojo. Repaso las carátulas de un rápido vistazo y lo veo a él, a Fernando Pessoa, mirándome fijamente. Viste un traje oscuro con chaleco y camisa blanca, corbata de lazo, sombrero, lentes redondos de pasta negra y un cigarrillo pende de su boca bajo un recortado bigote: ancho sobre el labio superior y muy estrecho bajo su nariz, comparable a una pequeña montaña, o más bien a un perfecto triángulo, negro y tupido, bajo su boca. Su mirada, tal vez la de un hombre de unos cuarenta años, luce plácida, serena, sosegada, con ese halo de seguridad de los que han tenido la fortuna de sentirse satisfecho de las cosas que han logrado en la vida. No obstante, al parecer, esta mirada que ahora me observa desde la portada de su libro no guarda relación con el evidente desasosiego que el  escritor portugués deja plasmado en su obra: Libro del desasosiego.

Pierdo la infantil alegría que provoca un juguete nuevo y, tal vez influenciado por el título, comienzo a leerlo con la ligera intuición de quien prevé que encontrará en él una confrontación consigo mismo, con el temor del que se arriesga a ahondar en análisis e ideas que lo llevarán hasta, quizás, límites poco deseados, o a identificarse con cierto pesimismo del que lucha por alejarse.

La nota del autor, en su primera página, me da la primera estocada: “En estas impresiones sin nexo, ni deseo de nexo, narro indiferentemente mi autobiografía sin acontecimientos, mi historia sin vida. Son mis confesiones, y, si en ellas nada digo, es porque nada tengo por decir”. Lo cierto es que dice tanto que duele, transmite su desasosiego como si de una inyección letal se tratara: “Escribo, triste, en mi cuarto tranquilo, solo como siempre yo he estado, solo como siempre estaré. Y pienso si mi voz, aparentemente tan poca cosa, no encarna la sustancia de millares de voces, el hambre de millares de vidas, la paciencia de millones de almas, sometidas como la mía al destino cotidiano, al sueño inútil, a la esperanza sin vestigios”. Respiro profundo y releo el párrafo, luego otro y otro, hasta que caigo en una especie de trance que me sume en una espesura de preguntas, consideraciones y situaciones similares a las que he padecido desde que tengo memoria. “¡Yo aquí, en este cuarto piso, interpelando a la vida!, ¡diciendo lo que las almas sienten!, ¡haciendo prosa como los genios, y los célebres! ¡Yo, aquí, así…!” Un poco más adelante, cuando habla de su pronta vejez: “Estaré tranquilo en una casa pequeña en los alrededores de algo, disfrutando de un sosiego en el que no realizaré la obra que ahora no realizo, y buscaré, para seguir sin haberla realizado, disculpas diferentes, de aquellas con las que hoy me disculpo”. Sin embargo el hombre que reniega de la vida tiene miedo, como yo lo siento a veces, y parece encontrar cierta esperanza en la muerte: “… Y yo, que odio la vida con timidez, temo la muerte con fascinación. Tengo miedo de esa nada que puede ser otra cosa, y tengo miedo de ella simultáneamente como nada y como cualquier otra cosa, como si en ella pudieran reunirse lo nulo y lo horroroso, como si en mi ataúd me encerraran la respiración eterna de una alma corpórea, como si allí triturasen a base de clausura lo inmortal”. Cerré el libro y lo lancé a un lado. Miré a lo lejos. Luego, al poco rato, lo abrí de nuevo. ¿Por qué? ¿Puede ser hermoso el desasosiego? Tal vez sí. No sé el porqué pero lo abrí de nuevo y continué hurgando dentro mis propios vacíos a través de alguien que encontró la forma de llenar los suyos, o al menos de mitigar su dolor: “Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir”.

Un diario que puede leerse desde cualquier página, un canto de excelsa  narrativa donde Pessoa deja plasmado, a través de su heterónimo Bernardo Soares, “ayudante de tenedor de libros en la ciudad de Lisboa”, todo su genio literario, su punto de vista acerca de la vida y de todo lo que ella abarca. Treinta años de reflexiones íntimas que podemos leer en pocos días; cavilaciones que nos ayudarán, mediante un contraste que debemos buscar a toda costa dentro de nosotros mismos, a encontrar un poco de ese sosiego que, a su manera, perseguía el autor.

Heberto Gamero Contín

11-5-2011

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