Un día de estos

Gabriel García Márquez (Colombia 1927 – México 2014)

(878 palabras)

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.

Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.

Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.

―Papá.

―Qué.

―Dice el alcalde que si le sacas una muela.

―Dile que no estoy aquí.

Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.

―Dice que sí estás porque te está oyendo.

El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:

―Mejor.

Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.

―Papá.

―Qué.

Aún no había cambiado de expresión.

―Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.

Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.

―Bueno ―dijo―. Dile que venga a pegármelo.

Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:

―Siéntese.

―Buenos días ―dijo el alcalde.

―Buenos ―dijo el dentista.

Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca.

Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.

―Tiene que ser sin anestesia ―dijo.

―¿Por qué?

―Porque tiene un absceso.

El alcalde lo miró en los ojos.

―Está bien ―dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.

Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:

―Aquí nos paga veinte muertos, teniente.

El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.

―Séquese las lágrimas ―dijo.

El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese ―dijo― y haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.

―Me pasa la cuenta ―dijo.

―¿A usted o al municipio?

El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica.

―Es la misma vaina.


Análisis

Punto de vista del narrador. Tercera persona. Un narrador externo (omnisciente), nos cuenta todo lo que ve, oye y sienten los actores de un evento particular.
Personaje principal. Don Aurelio Escovar (el dentista).
Personaje secundario. El alcalde, el hijo de don Aurelio y veinte muertos que se mencionan apenas como una referencia o personajes de relleno.
Conflicto. Por alguna razón don Aurelio no quiere, se resiste ―preferiría no hacerlo (parafraseando el cuento de Melville)― a sacarle la muela al alcalde del pueblo. ¿Quién causa el conflicto en este caso? Bueno, aquí podríamos combinar dos factores de los tres que ya conocemos. Por un lado el mismo protagonista porque es un hombre de carácter y con ciertos valores y se niega a traerle algún alivio a un funcionario del que no tiene buenos antecedentes. Y por otro lado el alcalde es también responsable del conflicto que se le presenta al dentista por lo corrupto y asesino que es (o se dice que es), algo de lo que nuestro protagonista está convencido.
Escenario. Un escenario: el gabinete o consultorio del dentista. Podríamos ubicar dicho gabinete en cualquiera de esos pueblitos del interior de Colombia o de Argentina o de México o de Chile o de Venezuela…
Tiempo interno. Muy corto: el tiempo que duró la consulta.
Descripciones.
Del escenario. Tal vez porque la historia se desarrolla en un solo escenario principal ―o simplemente porque es su estilo y lo hace con maestría― el autor se esmera en describirlo con lujo de detalles. Nos informa que en el gabinete hay una vidriera con dentaduras postizas, pomos de losa, una mesa con “un puñado de instrumentos” que ordena de mayor a menor, una fresa de pedal, un sillón de resortes, “una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre”, dientes de oro, puentes de varias piezas, escupidera, cacerola para hervir los instrumentos y una pistola dentro de una de las gavetas de la mesa… “Era un gabinete pobre”, reafirma el narrador, de “un olor glacial”, lo que se confirma cuando más adelante el alcalde ve “el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos”.
De la apariencia física de los personajes. “Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación”. Aparte de esta no encontramos más descripción del aspecto físico de don Aurelio, pero por la forma de vestir: “camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos”, nos hace pensar que es un hombre sobre los cincuenta, o poco menos, y tan fuerte como para sacar una muela de un solo tajo. Con respecto al alcalde no se nos informa nada de su apariencia física más allá de que tiene una de sus mejillas “hinchada y dolorida”, y una “barba de cinco días” en la otra mitad de su cara; también que tiene los ojos marchitos debido a las “muchas noches de desesperación”. Del hijo de don Aurelio sabemos apenas que tiene once años y la “voz destemplada”.
De la personalidad. Como ya sabemos, está sugerida en el cuento por la sola actuación de los personajes. Don Aurelio, aunque parece un hombre de pueblo, pacífico, ordenado, tranquilo y trabajador, también es capaz de enfrentarse a tiros con cualquiera, así sea con un aprendiz de dictador. Por su parte el alcalde, que según se dice ha matado por lo menos a veinte, que amenaza con pegarle un tiro, que es el hombre fuerte del pueblo y hace lo que se le antoja, llora y tiembla cuando le sacan la muela, y acepta el pañuelo que el dentista le ofrece, como un niño malcriado que su madre regaña. Es usual en los caudillos: acobardarse cuando se sienten perdidos. (Y esto es una típica digresión). Sobre el tercer personaje en escena, el niño de once años, se aprecia que le sirve de asistente a su padre y que transmite los mensajes de los pacientes con absoluta fidelidad. Su voz “destemplada” nos dice que toma la amenaza más como un asunto cotidiano que como algo real.
De la naturaleza. Apenas unas pocas pinceladas en este aspecto: “El lunes amaneció tibio y sin lluvia”, “hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol…”, “volvería a llover”.
De los Abalorios narrativos. Dónde ubicar detalles como: “dentista sin título y buen madrugador”, “Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar”, “Allí estaba el revólver”, “tiene que ser sin anestesia”, “Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla…” Entonces, ¿dónde ubicar detalles que no caben dentro de la descripción del escenario, de la personalidad de los actores, de su apariencia física o de la naturaleza, medio ambiente o estado del tiempo? Si pensamos en ellos como parte de un gran rompecabezas, serían esas piezas que llenan la imagen que pretendemos armar, las que completan el juego.
Estructura. En este relato el premio Nobel colombiano no presenta la estructura clásica del cuento de una forma clara, llana, simétrica y bien definida. Veamos.
Planteamiento: Comienza con una breve descripción del tiempo, de don Aurelio, de la forma en que va vestido y nos da detalles del gabinete o consultorio donde trabaja. Luego ―con gran naturalidad―, se nos muestra la actividad que desempeña, la forma en que dispone las cosas sobre su mesa de trabajo, la pequeña pausa que hace para “mirar el cielo por la ventana”, etc., hasta que escucha la voz de su hijo que le anuncia que el alcalde quiere que le saquen una muela. Todo muy tranquilo hasta este punto. Un planteamiento detallado y rico en imágenes, donde abundan las palabras concretas. Punto de giro uno: Está bastante claro. La frase que nos pone alerta, la que nos hace pensar que se inicia un conflicto, se produce cuando nuestro protagonista le responde al hijo: “Dile que no estoy aquí”. ¡Cómo, ¿se niega a recibir al alcalde del pueblo?! ¡¿Qué razones tiene para ello?! Nudo: Preferiría no hacerlo, repito, diría Bartleby el escribiente, pero nuestro protagonista se siente obligado a sacarle la muela al alcalde. Ante todo actúa ―a pesar de la pobreza y humildad que reina en el lugar― como su oficio se lo exige. Por otro lado, al sentirse amenazado (aunque tal amenaza no parece ser algo serio), al ver que el hombre viene con la mejilla “hinchada y dolorida”, ver en “sus ojos marchitos muchas noches de desesperación” y sin el arma en la mano, no le queda otro remedio que extraer la muela. Fracasa entonces don Aurelio en su empeño de no practicar la extracción, lo que hace que ahora vea las cosas diferentes, que su conflicto se haya transformado en una oportunidad para otras situaciones, por lo que no podemos pasar por alto las palabras de don Aurelio cuando dice: “Tiene que ser sin anestesia”. A la pregunta de por qué, le responde: “porque tiene un absceso”. ¿Es cierto esto, o una forma de vengar sus delitos? La verdad es que es un preámbulo al nudo que podemos ubicar en el momento en que don Aurelio le dice: “Aquí nos paga veinte muertos, teniente” y de inmediato se “sintió un crujido de huesos”. Es el clímax, el vértice del relato, lo mejor que le puede pasar a don Aurelio dados los cambios que hicieron replantear su conflicto original. Punto de giro dos: La historia da un giro sorprendente en el momento en que el alcalde le dice que le pase la cuenta y el dentista le pregunta: “¿A usted o al municipio?” Es cuando nos convencemos de que a los muertos que se le atribuyen al alcalde se le suman también los actos de corrupción. ¿Fue una pregunta irónica? Por supuesto, todo nos hace pensar eso. Desenlace: “Es la misma vaina”. Ya en este punto estamos totalmente seguros de que sí, el alcalde es un corrupto que utiliza los fondos públicos en su propio beneficio. Y no le importa que la gente lo sepa. Es un final cerrado que no deja dudas ni interpretaciones secundarias.
Cambio del principal: Don Aurelio no sólo se sintió obligado a sacarle la muela al hombre sino que también ratificó el descaro del caudillo, su desfachatez y falta de vergüenza cuando, una vez extraída la muela y logrado su propósito, volvió a ser la misma sabandija de siempre. Este hecho, aunque sutil porque ya estaba en cuenta de ello, debe haberle provocado al dentista una visión más amplia de su propia realidad, una ratificación más certera de las penurias que vive y por lo visto seguirá viviendo el pequeño pueblo donde le tocó vivir.

La verdad detrás del cuento.
Ciertamente este relato se presta para ver mucho más clara la historia entre líneas, la que subyace, la verdad detrás del cuento, que no es otra que la corrupción, el abuso de poder, organismos de estado administrados como propiedades personales, el uso de la fuerza pública (también corrompida) a favor de los intereses de un caudillo. Por otro lado está la gente sumisa, que no actúa, que prefiere esperar a que la vida traiga los cambios… En fin, algo que puede suceder en un pequeño caserío, en una ciudad o en un país entero; también en un hogar donde prive la voluntad de un padre intolerante, por ejemplo, o en una empresa donde el patrón sólo le interese el dinero y deshumanice a sus empleados…
El cuento entonces, una simple extracción de muela, se convierte en una denuncia social, política y económica de gran valor, pero, ya sabemos, de muy poca trascendencia o repercusión. Hasta que la gente se canse y “Un día de estos” se decida a cambiar las cosas.

(Antes de cerrar este análisis les comento aquella vieja regla de las obras de teatro que dice que si en el primer acto hay una pistola en la repisa, en el tercero tiene que dispararse. También ocurre en cuentos y novelas; también en películas. En este relato de García Márquez aparecen dos: la del alcalde y la del dentista, pero ninguna se dispara. Sin duda una magistral excepción a la regla. Pero el autor no la olvidó del todo, de ahí el título del cuento).

Felices cuentos.

 

4 comentarios en “Un día de estos

  1. Magnífico cuento, con lo necesario para su comprensión. No más. Es el tipo de relato en el que cada palabra tiene un motivo. Como debe ser.
    Y el análisis: magistral.

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  2. Éste es un relato que siempre he disfrutado muchísimo. Va al grano, sin necesidad de añadir más. Debo decir que el análisis es completo, detallado y la interpretación es magnífica. Digno de ser utilizado en los cursos de literatura.

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