Vecinos

Raymond Carver (Estadounidense, 1938 – 1988)

(2080 palabras)

Bill y Arlene Miller eran una pareja feliz. Pero de vez en cuando se sentían que solamente ellos, en su círculo, habían sido pasados por alto, de alguna manera, dejando que Bill se ocupara de sus obligaciones de contador y Arlene ocupada con sus faenas de secretaria. Charlaban de eso a veces, principalmente en comparación con las vidas de sus vecinos Harriet y Jim Stone. Les parecía a los Miller que los Stone tenían una vida más completa y brillante. Los Stone estaban siempre yendo a cenar fuera, o dando fiestas en su casa, o viajando por el país a cualquier lado en algo relacionado con el trabajo de Jim.

Los Stone vivían enfrente del vestíbulo de los Miller. Jim era vendedor de una compañía de recambios de maquinaria, y frecuentemente se las arreglaba para combinar sus negocios con viajes de placer, y en esta ocasión los Stone estarían de vacaciones diez días, primero en Cheyenne, y luego en Saint Louis para visitar a sus parientes. En su ausencia, los Millers cuidarían del apartamento de los Stone, darían de comer a Kitty, y regarían las plantas.

Bill y Jim se dieron la mano junto al coche. Harriet y Arlene se agarraron por los codos y se besaron ligeramente en los labios.

—¡Divertíos! —dijo Bill a Harriet.

—Desde luego —respondió Harriet—. Divertíos también.

Arlene asintió con la cabeza.

Jim le guiñó un ojo.

—Adiós Arlene. ¡Cuida mucho a tu maridito!

—Así lo haré —respondió Arlene.

—¡Divertíos! ―dijo Bill.

—Por supuesto —dijo Jim sujetando ligeramente a Bill del brazo—. Y gracias de nuevo.

Los Stone dijeron adiós con la mano al alejarse en su coche, y los Miller les dijeron adiós con la mano también.

—Bueno, me gustaría que fuéramos nosotros —dijo Bill.

—Bien sabe Dios lo que nos gustaría irnos de vacaciones —dijo Arlene. Le cogió del brazo y se lo puso alrededor de su cintura mientras subían las escaleras a su apartamento.

Después de cenar Arlene dijo:

—No te olvides. Hay que darle a Kitty sabor de hígado la primera noche.

Estaba de pie en la entrada a la cocina doblando el mantel hecho a mano que Harriet le había comprado el año pasado en Santa Fe.

Bill respiró profundamente al entrar en el apartamento de los Stone. El aire ya estaba denso y era vagamente dulce. El reloj en forma de sol sobre la televisión indicaba las ocho y media. Recordó cuando Harriet había vuelto a casa con el reloj; cómo había venido a su casa para mostrárselo a Arlene meciendo la caja de latón en sus brazos y hablándole a través del papel del envoltorio como si se tratase de un bebé.

Kitty se restregó la cara con sus zapatillas y después rodó en su costado pero saltó rápidamente al moverse Bill a la cocina y seleccionar del reluciente escurridero una de las latas colocadas. Dejando a la gata con su  comida se dirigió al baño. Se miró en el espejo y a continuación cerró los ojos y volvió a mirarse. Abrió el armarito de las medicinas. Encontró un frasco con pastillas y leyó la etiqueta: Harriet Stone. Una al día según las instrucciones, y se la metió en el bolsillo. Regresó a la cocina, sacó una jarra de agua y volvió al salón. Terminó de regar, puso la jarra en la alfombra y abrió el aparador donde guardaban el licor. Del fondo sacó la botella de Chivas Regal. Bebió dos veces de la botella, se limpió los labios con la manga y volvió a ponerla en el aparador.

Kitty estaba en el sofá durmiendo. Apagó las luces, cerrando lentamente y asegurándose de que la puerta quedara cerrada. Tenía la sensación de que había dejado algo.

—¿Qué te ha retenido? —dijo Arlene. Estaba sentada con las piernas cruzadas, mirando televisión.

—Nada. Jugando con Kitty —dijo él, y se acercó adonde estaba ella y le tocó los senos.

—Vámonos a la cama, cariño —dijo él.

Al día siguiente Bill se tomó solamente diez minutos de los veinte y cinco permitidos en su descanso de la tarde y salió a las cinco menos cuarto. Estacionó el coche en el estacionamiento en el mismo momento que Arlene bajaba del autobús. Esperó hasta que ella entrara al edificio, entonces subió las escaleras para alcanzarla al descender del ascensor.

—¡Bill! Dios mío, me has asustado. Llegas temprano —dijo ella.

Se encogió de hombros. No había nada que hacer en el trabajo —dijo él. Le dejó que usara su llave para abrir la puerta. Miró a la puerta al otro lado del vestíbulo antes de seguirla dentro.

—Vámonos a la cama —dijo él.

—¿Ahora? —rió ella—. ¿Qué te pasa?

—Nada. Quítate el vestido —la agarró toscamente, y ella le dijo:

—¡Dios mío! Bill.

Él se quitó el cinturón. Más tarde pidieron comida china, y cuando llegó la comieron con apetito, sin hablarse, y escuchando discos.

—No nos olvidemos de dar de comer a Kitty —dijo ella.

—Estaba en este momento pensando en eso —dijo él—. Iré ahora mismo.

Escogió una lata con sabor a pescado, después llenó la jarra y fue a regar las plantas. Cuando regresó a la cocina, la gata estaba arañando su caja. Le miró fijamente antes de volver a su caja. Bill abrió todos los gabinetes y examinó las comidas enlatadas, los cereales, las comidas empaquetadas, los vasos de vino y de cóctel, las tazas y los platos, las cacerolas y las sartenes. Abrió el refrigerador. Olió el apio, dio dos mordiscos al queso, y masticó una manzana mientras caminaba al dormitorio. La cama parecía enorme, con una colcha blanca de pelusa que cubría hasta el suelo. Abrió el cajón de una mesilla de noche, encontró un paquete medio vació de cigarrillos, y se los metió en el bolsillo. A continuación se acercó al armario y estaba abriéndolo cuando llamaron a la puerta. Se paró en el baño y tiró de la cadena al ir a abrir la puerta.

—¿Qué te ha retenido tanto? —dijo Arlene—. Llevas más de una hora aquí.

—¿De verdad? —respondió él.

—Sí, de verdad —dijo ella.

—Tuve que ir al baño —dijo él.

—Tienes tu propio baño —dijo ella.

—No me pude aguantar —dijo él.

Aquella noche volvieron a hacer el amor.

Le había pedido a Arlene que le despertara por la mañana. Se dio una ducha, se vistió, y preparó un desayuno ligero. Trató de empezar a leer un libro. Salió a dar un paseo y se sintió mejor. Pero después de un rato, con las manos todavía en los bolsillos, regresó al apartamento. Se paró delante de la puerta de los Stone por si podía oír a la gata moviéndose. A continuación abrió su propia puerta y fue a la cocina a coger la llave.

En su interior parecía más fresco que en su apartamento, y más oscuro también. Se preguntó si las plantas tenían algo que ver con la temperatura del aire. Miró por la ventana, y después se movió lentamente por cada una de las habitaciones considerando todo lo que se le venía a la vista, cuidadosamente, un objeto a la vez. Vio ceniceros, artículos de mobiliario, utensilios de cocina, el reloj. Vio todo. Finalmente entró en el dormitorio, y la gata apareció a sus pies. La acarició una vez, la llevó al baño, y cerró la puerta.

Se tumbó en la cama y miró al techo. Se quedó un rato con los ojos cerrados, y después movió la mano por debajo de su cinturón. Trató de acordarse qué día era. Trató de recordar cuándo regresaban los Stone, y se preguntó si regresarían algún día. No podía acordarse de sus caras o de la manera cómo hablaban y vestían. Suspiró y con esfuerzo se dio la vuelta en la cama para inclinarse sobre la cómoda y mirarse en el espejo.

Abrió el armario y escogió una camisa hawaiana. Miró hasta encontrar unos pantalones cortos, perfectamente planchados y colgados sobre un par de pantalones de tela marrón. Se mudó de ropa y se puso los pantalones cortos y la camisa. Se miró en el espejo de nuevo. Fue a la sala y se sirvió una bebida y comenzó a beberla de vuelta al dormitorio. Se puso una camisa azul, un traje oscuro, una corbata blanca y azul, zapatos negros de punta. El vaso estaba vacío y se fue para servirse otra bebida.

En el dormitorio de nuevo, se sentó en una silla, cruzó las piernas, y sonrió observándose a sí mismo en el espejo. El teléfono sonó dos veces y se volvió a quedar en silencio. Terminó la bebida y se quitó el traje. Rebuscó en el cajón superior hasta que encontró un par de medias y un sostén. Se puso las medias y se sujetó el sostén, después buscó por el armario para encontrar un vestido. Se puso una falda blanca y negra a cuadros e intentó subirse la cremallera. Se puso una blusa de color vino tinto que se abotonaba por delante. Consideró los zapatos de ella, pero comprendió que no le entrarían. Durante un buen rato miró por la ventana del salón detrás de la cortina. A continuación volvió al dormitorio y puso todo en su sitio.

No tenía hambre. Ella no comió mucho tampoco. Se miraron tímidamente y sonrieron. Ella se levantó de la mesa y comprobó que la llave estaba en la estantería y a continuación se llevó los platos rápidamente. Él se puso de pie en el pasillo de la cocina y fumó un cigarrillo y la miró recogiendo la llave.

—Ponte cómodo mientras voy a su casa —dijo ella. Lee el periódico o haz algo—. Cerró los dedos sobre la llave. Parecía ―dijo ella― algo cansado.

Trató de concentrarse en las noticias. Leyó el periódico y encendió la televisión. Finalmente, fue al otro lado del vestíbulo. La puerta estaba cerrada.

—Soy yo. ¿Estás todavía ahí, cariño? —llamó él.

Después de un rato la cerradura se abrió y Arlene salió y cerró la puerta.

—¿Estuve mucho tiempo aquí? —dijo ella.

—Bueno, sí estuviste —dijo él.

—¿De verdad? —dijo ella—. Supongo que he debido estar jugando con Kitty.

La estudió, y ella desvió la mirada, su mano estaba apoyada en el pomo de la puerta.

—Es divertido —dijo ella—. Sabes, ir a la casa de alguien más así—.  Asintió con la cabeza, tomó su mano del pomo y la guió a su propia puerta. Abrió la puerta de su apartamento.

—Es divertido —dijo él.

Notó hilachas blancas pegadas a la espalda del suéter y el color subido de sus mejillas. Comenzó a besarla en el cuello y el cabello y ella se dio la vuelta y le besó también.

—¡Jolines! —dijo ella—. Jooliines —cantó ella con voz de niña pequeña aplaudiendo con las manos—. Me acabo de acordar de que me olvidé real y verdaderamente de lo que había ido a hacer allí. No di de comer a Kitty ni regué las plantas. Le miró, ¿no es eso tonto?

―No lo creo —dijo él—. Espera un momento. Recogeré mis cigarrillos e iré contigo.

Ella esperó hasta que él cerrara con llave su puerta, y entonces se cogió de su brazo, más arriba del codo, y dijo:

—Me imagino que te lo debería decir. Encontré unas fotografías.

Él se paró en medio del vestíbulo.

—¿Qué clase de fotografías?

—Ya las verás tú mismo —dijo ella y le miró con atención.

—No estarás bromeando —sonrió él—. ¿Dónde?

—En un cajón —dijo ella.

—No bromeas —dijo él.

Y entonces ella dijo:

—Tal vez no regresarán —e inmediatamente se sorprendió de sus palabras.

—Es posible —dijo él—. Todo es posible.

—O tal vez regresarán y… —pero no terminó.

Se cogieron de la mano durante el corto camino por el vestíbulo, y cuando él habló casi no se podía oír su voz.

—La llave —dijo él—. Dámela.

—¿Qué? —dijo ella—. Miró fijamente a la puerta.

—La llave —dijo él—. Tú tienes la llave.

—¡Dios mío! —dijo ella—. Dejé la llave dentro.

—Él probó el pomo. Estaba cerrado con llave. A continuación intentó mover el pomo. No se movía. Sus labios estaban abiertos, y su respiración era dificultosa. Él abrió sus brazos y ella se le echó en ellos.

—No te preocupes —le dijo Bill al oído—. Por Dios, no te preocupes.

Se quedaron allí, quietos. Abrazados. Se apoyaron contra la puerta, como en contra de un viento, el uno en brazos del otro.


Análisis

Punto de vista del narrador. En este relato nos encontramos con un narrador externo con preponderancia en la tercera persona del plural (ellos), que observa y nos cuenta un evento que ocurre entre los varios personajes que conforman la historia. La presencia de los diálogos, como en muchos cuentos de Carver, es determinante también en este, es decir, el narrador interviene poco, nos guía, nos da señales, nos informa con seguridad, pero el grueso de la narración está en boca de los propios personajes.

Personaje principal. Una primera leída al cuento nos dice que Bill y Arlene Miller es la pareja que más peso tiene en la obra, de los que más habla el narrador, lo que nos lleva a pensar que ellos son los protagonistas del relato. Pero veremos si eso es cierto cuando revisemos la parte del conflicto, porque como ya sabemos el conflicto siempre lo tiene el (o varios, si comparten el mismo problema) protagonista del cuento.    

Personaje secundario: De lo anterior se deriva, por supuesto, que Harriet y Jim Stone son los personajes secundarios del relato. Unos secundarios muy importantes, es obvio, porque sin ellos el cuento no tendría sentido. También está la pequeña Kitty, que aunque no le daría el estatus de personaje secundario cumple un rol de cierta importancia en el cuento: el narrador la necesita (al igual que a las plantas) para que los Miller “cumplan” su misión.              

Conflicto. ¿Quién desea algo en este cuento? ¿Quién luce incompleto, insatisfecho? ¿Quién añora una cosa que por alguna razón no tiene o no puede tener? ¿A quiénes les gustaría vivir otra vida? ¿A Harriet y a Jim? No, claro que no, ellos no parecen tener ningún problema: salen de vacaciones con frecuencia, visitan a sus parientes de vez en cuando, acostumbran a cenar fuera, a dar fiestas en su casa… En fin, su única preocupación expuesta en el cuento es el cuido de su casa, regar las plantas y que la pequeña Kitty sea alimentada oportunamente, y acuden a sus vecinos y amigos para este fin. Dicho esto ya no tenemos dudas de que el conflicto y los personajes principales del relato son Bill y Arlene Miller. Ahora veamos en detalle cuál es el conflicto de esta pareja, de alguna forma ya anunciado en las primeras líneas del párrafo. Lo primero que debemos aclarar es que el conflicto lo tienen ambos, lo que da lugar a un solo y único problema que, refuerza el relato, le da concentración, unicidad de efecto, lo pone en el camino de ser un mejor cuento… Resumamos el conflicto entonces: Bill y Arlene no se sienten bien (o satisfechos) con la vida que llevan. Ella es secretaria y él trabaja como contador. “Eran una pareja feliz”, dice el narrador al comienzo del relato, no obstante de inmediato nos anuncia un pero: “Pero de vez en cuando se sentían que solamente ellos, en su círculo, habían sido pasados por alto…”. Y luego añade: “Les parecía a los Miller que los Stone tenían una vida más completa y brillante”. Son afirmaciones que cualquier pareja puede compartir sin necesidad de que eso se convierta en un conflicto, es cierto, pero si a ello le sumamos la serie de eventos que de forma casi natural se van sucediendo a través del relato nos damos cuenta de la gravedad del problema que los aqueja; no sólo se sienten insatisfechos con sus propias vidas, sino que desearían ser como los Stone, viajar como los Stone, relacionarse como los Stone, vestir como los Stone, tener sexo como o con los Stone… al menos por unos días, al menos por el tiempo que ellos estuviesen ausentes. Hasta casi llegan a olvidar los rostros de sus vecinos y a pensar que tal vez no regresen nunca de su viaje. Quizá de esa forma, en sus mentes algo perturbadas, podrían vivir como ellos de verdad o, peor aún, convertirse en ellos mismos y dejar de ser los aburridos Miller que hasta ahora creen haber sido.

Para complementar este segmento le pregunto a la audiencia quién le ocasiona el conflicto a los Miller. ¿La fatalidad, un personaje secundario, ellos mismos? Sí, no hay duda, ellos mismos se causan el conflicto: algo despierta, algo se hizo presente en ellos, algo que comienza a horadar sus vidas (cansancio, aburrimiento…) quién sabe hasta qué punto. Pero tengamos paciencia y analicemos otros elementos del cuento y luego, en la estructura, profundizaremos un poco más en este conflicto.

Escenario. El escenario principal es sin duda la casa de los Stone, luego la casa de los Miller, y por último el vestíbulo o pasillo que separa ambos apartamentos; esto sin tomar en cuenta el lugar donde se efectuó la despedida inicial. Tres escenarios que siendo rigurosos podríamos reducir a uno, por cuanto toda la trama se desarrolla allí, en ese edificio de apartamentos.

Tiempo interno. Realmente corto, tal vez un par de días, poco más o menos.

Descripciones.

  • Del escenario. Hay que releer el cuento poniendo nuestra atención solo en la descripción de los escenarios, sobre todo el de la casa de los Stone, para darnos cuenta de que este escenario ―y la mención de todo lo que allí se encuentra― hace al cuento, vive como un personaje más. Así sabemos que los Stone tienen un armario de medicinas, jarras de agua en la nevera, botellas de whisky, comidas enlatadas, empaquetadas, vasos y copas varias, tazas, platos, cacerolas y sartenes, quesos y manzanas, mobiliario en general y ropas en los armarios: todo lo que generalmente hay en una casa común y corriente. Sabemos que en un cuento las descripciones deben ser cortas y precisas, sin embargo en este cuento la descripción del escenario es larga y detallada, y la excepción obedece a una sola razón: son necesarias para expresar lo que Bill y Arlene ven y en el fondo anhelan, eje central de este relato.
  • De la apariencia física de los personajes. Carver en este cuento no hace énfasis en este tipo de descripciones. No sabemos cómo son ellos físicamente, ni los principales ni los secundarios, pero podemos intuir por sus actuaciones que son parejas relativamente jóvenes, tal vez entre treinta y cuarenta años y sin hijos.
  • De la personalidad. Cada palabra, gesto o acción que manifieste el o los personaje es un reflejo de su conducta, comportamiento o personalidad. En el caso de Bill y Arlene, por ser los protagonistas de la historia, son los más descritos en este aspecto. De Harriet y Jim Stone sólo podemos concluir que son una pareja feliz, que son muy amigables con sus vecinos y sociables con amigos y relacionados, tanto que “les parecía a los Miller que los Stone tenían una vida más completa y brillante”. Sin embargo sobre Bill y Arlene hay mucho más que decir. Ya desde las primeras líneas el narrador nos anuncia que “habían sido pasados por alto” en su círculo de amigos; esto nos anuncia desde ya una incomodidad, una molestia o insatisfacción que podrían ser tomadas como rasgos un tanto negativos de la personalidad de ambos. Luego de la feliz despedida, Bill le comenta a Arlene: “Bueno, me gustaría que fuéramos nosotros”. Y Arlene le respondió que bien sabía Dios lo que les gustaría irse de vacaciones. Comentarios aparentemente superficiales que no tenían por qué representar un problema para ellos. De hecho, hasta ese momento no pasaba nada, se tomaron de la cintura y se fueron a su apartamento con la mayor tranquilidad. Es cuando Bill entra al apartamento de los Stone por primera vez y donde algo muy extraño se apodera de él. Tal vez la liberación de un sentimiento oculto, o la primera expresión de su insatisfecha vida en pareja. Allí se encuentra con otro mundo, un mundo que no es el de él, pero que comienza a desearlo para sí y para su mujer. Para ello investiga, camina por el salón, por la cocina, por el baño, por los cuartos, observa, toca, huele, se pone ropas de los Stone (tanto de Jim como de Harriet), vive fantasías, se deleita con lo que toca, con lo que huele y ve; no se hace preguntas, no se cuestiona; está solo, lo sabe, se siente libre de hacer lo que le plazca, de dejarse llevar, de conocer a ese otro Bill que lleva dentro y que parece sentirse a gusto con lo que hace. Por su parte Arlene, cuando tiene la oportunidad, hace lo mismo, vive la misma fantasía que Bill, la disfruta, husmea a fondo, descubre unas fotos que alimentan su expectativa, excusa para aliarse con Bill, para confesarse iguales, para hacerse cómplices en la procura de una nueva vida, una que no les pertenece pero que puede llegar a ser suya porque ellos “Tal vez no regresarán”.
  • De la naturaleza. En este relato Carver no ve necesario describir detalles en este aspecto, deja que el lector asuma que si los vecinos se van unos días de vacaciones (y es necesario que alguien les riegue las plantas) es porque hace buen tiempo y muy probablemente sean días de verano. Aunque hay una pequeña descripción del ambiente que no debemos pasar por alto. Y es cuando Bill entra al apartamento de los Stone y se encuentra con que “El aire ya estaba denso y era vagamente dulce”. Este aire “vagamente dulce”, sencillo, solitario, sin aparente importancia, fue el que respiró Bill al abrir la puerta del apartamento de sus vecinos; una atmósfera que sin duda lo cautivó.
  • De los Abalorios narrativos. Los hay en abundancia; de hecho, sin ellos, como en cualquier relato, el cuento quedaría tan agujereado como un alfiletero vacío. Veamos algunos ejemplos: “…en esta ocasión los Stone estarían de vacaciones”, “En su ausencia los Millers cuidarían del apartamento de los Stone”, “Adiós Arlene. ¡Cuida mucho a tu maridito!”, “Así lo haré, respondió Arlene”… Pedazos de historia, datos nunca irrelevantes que van construyendo el relato y dándole sentido.

Estructura. La de siempre: planteamiento, nudo y desenlace. Expuesta en ese orden, solo que con una importante asimetría entre cada elemento, abundantes puntos de giro secundarios o menores, un nudo difícil de ubicar (pero existente) y una trama donde las cosas ocurren en orden cronológico. Veamos:

Planteamiento: A pesar de que el narrador nos dice desde un principio que “Bill y Arlene eran una pareja feliz…”, pero que de vez en cuando se sentían un poco fuera de grupo o “pasados por alto” por su círculo de amigos, lo hace con tan poco énfasis, con tal tranquilidad, que nos pone en alerta tal vez, pero no necesariamente (como ya mencioné en alguna parte) nos hace ver, o nos convence, de que ese es el inicio del conflicto sino parte del planteamiento al que se le suma la larga despedida entre las dos parejas: todo risas y buenos deseos… E incluso se nos informa que su amistad no es reciente ni superficial cuando hace alusión al mantel hecho a mano que Harriet le regaló a Arlene el año pasado. En algún momento Arlene le recuerda a Bill que hay que darle la comida a Kitty. Bill se va al apartamento de los Stone y alimenta a la gatita. Luego se dirige al baño, ¿por qué lo hizo? Tal vez porque tenía ganas de orinar o de lavarse las manos (aunque esto último pudo haberlo hecho en la cocina). Pero no, se miró en el espejo, “cerró los ojos y volvió a mirarse”. Hasta el momento no ha pasado nada de significativa relevancia, todo ha marchado con cierta normalidad. Punto de giro uno: Pero cuando Bill abre el “armarito de las medicinas”, se encuentra con un frasco de pastillas que pertenecen a Harriet “y se las metió en el bolsillo” es cuando podemos decir sin temor a equivocarnos que nos hemos topado con el punto de giro uno, el primer punto de quiebre significativo y real de la historia, el que nos da entrada al conflicto, un conflicto que comenzará a agigantarse a medida que avanza la trama. Punto de giro que se refuerza muchas veces a través del relato: cuando Bill pone la jarra de agua sobre la alfombra; cuando abre el aparador de los licores y se toma un par de tragos de whisky, cuando luego regresa y hace todas las cosas que ya sabemos, cuando Arlene se une al equipo y repite la conducta de su esposo, las veces que hacen el amor tal vez pensando en los Stone… Cientos de detalles, de pequeñas otras descripciones o Abalorios narrativos, de señales apenas iluminadas que hacen de este relato un camino de piedras, algunas muy puntiagudas y difíciles de sortear. Nudo: ¿Qué es lo peor (o mejor) que le puede pasar al protagonista (en este caso a los protagonistas) con relación al conflicto planteado? Para responder a ella es aconsejable repasar y resumir en el menor número de palabras el conflicto que ya definimos en la sección respectiva: Bill y Arlene Miller desean ser como Harriet y Jim Stone, desean vivir como ellos, incluso vestir como ellos, y al menos durante unos días tienen esa posibilidad. ¿Hasta qué punto podría llegar esta obsesión? ¿Sería algo pasajero, lo olvidarían, o llegaría todo aquello a representar algo de verdadera importancia en sus vidas? No lo sabemos. Es el misterio del cuento, lo que queda en el aire y cada lector es libre de sacar su propia conclusión. Ahora bien, si estamos claros en que este es el conflicto, lo peor que le puede suceder a la pareja Miller es que por algún motivo esa posibilidad desaparezca, se esfume, se borre del mapa pero no de sus mentes. Y esto ocurre justo en el momento que Arlene declara: “¡Dios mío! Dejé la llave dentro”. Este es el nudo del relato: ya Bill y Arlene no podrán entrar más al apartamento de los Stone, ya no podrán jugar a ser como ellos, no podrán sentarse en el sofá, tomar su licor, usar la ropa de Jim o la de Harriet, ya no podrán vivir todas esas fantasías que tácitamente estaban compartiendo y que al menos por unos días iban a disfrutar, casi una tragedia para ellos. Ese mundo, esa posibilidad de ser diferentes, de dejar de ser ellos, se les cerró para siempre. Punto de giro dos: Parece no existir. El nudo del relato está tan avanzado, es decir, tan cerca del final, que sería un poco aventurado tratar de establecer otro quiebre de la historia a estas alturas. Lo que sí podemos decir es que “Él probó el pomo” y comprobó que en verdad “estaba cerrado con llave”. Ya no había dudas, había que comprobar que el pomo “no se movía”. “Su respiración era dificultosa”. “Él abrió sus brazos y ella se le echó en ellos”. “No te preocupes. Por Dios, no te preocupes”, le dijo Bill a Arlene. Cualquiera de estas frases, o todas ellas en su globalidad, podrían tomarse como un gran punto de giro dos, que forma parte también del inminente desenlace. Desenlace: “Se quedaron allí, quietos. Abrazados. Se apoyaron contra la puerta, como en contra de un viento, el uno en brazos del otro”. Es un desenlace muy elegante, sugerente, con ese toque de incertidumbre que caracteriza a los buenos cuentos: un maravilloso final, sí, pero implacable para los protagonistas que ahora se ven enfrentados a la incertidumbre de sus propias vidas.

Cambio del principal: Sin duda el cambio es dramático. No son estos del final los mismos Bill y Arlene del principio del cuento. El narrador aclara en la primera línea que “eran una pareja feliz. Pero de vez en cuando se sentían que solamente ellos, en su círculo, habían sido pasados por alto…”.  De vez en cuando significa a veces, no siempre; así mismo se nos sugiere que esto no era algo muy importante para ellos, que todavía no había un conflicto del que preocuparse, por lo que se puede decir que sí, Bill y Arlene Miller eran una pareja feliz, con sus defectos y quejas, pero sin grandes problemas que resolver… Por el contrario, estos Bill y Arlene del final del relato, que se abrazan y se apoyan “contra la puerta, como en contra de un viento…”, parecen no tener fuerzas para mantenerse en pie, un gran duelo los invade; la posibilidad de ser como los Stone, de ser diferentes, de vivir la vida de sus vecinos incluso hasta la lujuria, se les ha escapado de las manos. Ahora son otros Miller, entristecidos, infelices, reconocidos en su vacío, protagonistas de un final abierto de impredecibles consecuencias.

La verdad detrás del cuento.

De algún modo ya está dicho. Bill y Arlene, Manuel y María, cualquier marido y mujer, de pronto se dan cuenta de que la vida que llevan no les satisface, no les llena, el gusanillo de la infelicidad comienza a escarbar bajo su piel e intentan hacer algo por evitarlo (llevan tanto tiempo juntos): cambiar los muebles, tener otro hijo, comprar una nueva tv, bajar de peso, conocer Islandia… O, no lo descartemos, vivir la vida de sus vecinos, desaparecer y convertirse en otras personas.                          

Felices cuentos.                      

      

 

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