Homenaje a la mujer en su día…

Feliz día a las mujeres del mundo, comenzando por mi querida viejita que en paz descanse. Y en homenaje a todas ellas, y a las que aparecen en mi libro sobre Inventores, les regalo uno de mis relatos favoritos ( Mary Anderson).
Porque algunos inventos han sido frutos del amor.

Mary Anderson

Mary Anderson

¡Jesús!, tengo que hacer algo, me dije cuando Charlie, una vez más, tuvo que detener y bajarse del tren para limpiar el parabrisas que hacía apenas unos minutos había dejado impecablemente limpio. Pero seguía lloviendo y había que limpiarlo de nuevo, cuantas veces hiciera falta si queríamos llegar sanos y salvos desde mi querida Alabama hasta  Nueva York. Ahora tengo ochenta y siete años, pero cuando sucedía aquello tenía treinta y nueve; sí señor, era una linda jovencita de treinta y nueve años; claro, si comparamos con la edad que tengo ahora, ja, ja… Pero no exageremos y digamos que todavía era una mujer fuerte, atenta a lo que me rodeaba y muy rebelde, eso sí, rebeldísima. La verdad es que estaba harta de que cualquier novedad, cualquier idea más allá de lavar y planchar, fuera concedida, por costumbre y por ley, al hombre de la casa; un verdadero abuso de la época, de la sociedad entera y sobre todo de nosotras mismas que permitíamos semejantes desmanes. Pero, ¡Jesús!, yo era diferente, sí que lo era, yo no estaba dispuesta a dejarme dominar por aquellos hombres y mucho menos por las mujeres sumisas que iban por las calles como mulas por el sendero, una tras otra, con su carga a cuestas, la cabeza baja y el semblante… ¡Avemaría!, qué semblante tan doloroso y qué caras tan patéticas, como si en vez de caminar hacia el mercado caminaran hacia la horca… Así que ver al pobre Charlie subir y bajar del tren para limpiar el parabrisas, empaparse de agua cuando llovía, temblar de frío y hundirse en la nieve cuando llegaba el invierno; sudoroso en el verano por las hojas y la tierra reseca acumuladas… Ver también a los pasajeros impacientes por la pérdida de tiempo. Pero, ¡Dios mío!, ¿qué otra cosa podía hacer el pobre? Si no limpiaba el cristal del tren no podría ver el camino, podría atravesarse un alce sarnoso, un oso o un búfalo extraviado ―¡avemaría!― y chocaríamos contra él, el vagón podría descarrilarse y todos morirían mientras un instante antes podríamos haber estado leyendo un libro, el periódico, o simplemente cabeceando con los ojos medio cerrados al compás del vaivén del tranvía. Qué gran tragedia podría presentarse si el buen Charlie no bajaba del tren a limpiar el cristal. Yo siempre me sentaba en la primera fila, del lado de la ventana y muy cerca de las escaleras. Me gustaba sentarme cerca de la puerta porque solía llegar muy temprano a la estación y era una de las primeras en subir al tren, también porque me gustaba ser la primera en bajar después del largo viaje. Para él yo sólo era la persona que dos veces por semana lo observaba desde la primera ventana con su enorme sombrero adornado con plumas y cintas, a veces con un peinado a lo madame Pompadour. Al principio apenas reparaba en mí pero llegado el momento apreció algo en mi mirada, eso creo, y comenzó entre nosotros una relación más amable y cercana: cuando me veía llegar a la estación erguía su espalda y me recibía con un saludo de cabeza, tiempo después acompañaba el saludo de cabeza con la mano pellizcando su gorra de conductor, más adelante sumó una sonrisa, y un buen día me habló, sí, hizo todo junto: el movimiento de cabeza, la mano en la gorra, la sonrisa y un bienvenida que me sonrojó por completo, hasta un día en el que llegó a decirme bello sombrero, y otro, lindo peinado; ¡Jesús!, me saludaba como si hubiese abierto una puerta y me invitara a pasar al otro lado de su mundo. Yo me mantenía en el marco sin saber qué hacer. Por lo pronto no era capaz de hacer nada; la verdad es que era presa del miedo de que el aparente buen hombre fuera uno de aquellos “amos” en busca de mujeres sumisas para convertirlas en esclavas. ¡Uy, qué terror! De todas formas traté de poner de lado mis prejuicios y confiar en mi corazón ―no se puede andar por ahí descalificando a todo el mundo tan sólo por hacerlo, sin argumentos ni pruebas; avemaría purísima. ¡Sería un pecado!, como a veces decía el padre en la misa de los domingos―. Ahora con más razón me preguntaba qué podía hacer por Charlie. Charlie, para servirle, me dijo un día; qué guapo se veía con su cabello comenzando a encanecérsele, delgado y tan alto que tenía que bajar la cabeza cuando entraba o salía del tren. Pensé en presentarme una mañana con un pastel de manzana entre las manos como respuesta a ese lindo sombrero y a sus canas y a su porte pero me pareció muy atrevido de mi parte y me conformé con la idea de intentar facilitarle su trabajo, pobre, buscar la manera de que ya no tuviese que detener el tren tantas veces y sufrir las inclemencias del tiempo y los reclamos de los pasajeros. Pero, ¿cómo hacerlo? Fue en 1903 ―¡Jesús!, tienes cada forma de decir y hacer las cosas que a veces me siento como de juguete― cuando se me ocurrió la idea de crear un dispositivo que limpiara el cristal, por fuera, claro, pero desde la cabina del tren, de forma que Charlie no tuviera que moverse de su asiento. Qué idea tan maravillosa, me dije, y, lo más importante, me sentí capaz de realizarla porque qué es una buena idea si no se materializa: un sueño del que nunca se despierta, un pensamiento privado de libertad, una pompa de jabón que explota en las manos… ¡Oh, avemaría purísima!, que ya me estoy poniendo hasta poética… Estaba decidida, de veras estaba decidida: mi idea no terminaría en el fondo de un cesto de basura ni olvidada en el cajón de los recuerdos, no señor. Qué duda había entonces (porque hasta de eso nos habían hecho dudar) de que las mujeres también podíamos tener buenas ideas. Pero en aquellos años se pensaba lo contrario, hasta se nos podía calificar de locas si decíamos algo que no fuera acerca de cambiar pañales y hacer comida, que unido a lo que ya dije de lavar y planchar daba lugar, no a la mujer perfecta, sino a la esclava, a la que era incapaz de ir más allá de lo que eran sus “obligaciones” cotidianas. ¡Jesús! En uno de esos viajes entonces, mientras Charlie bajaba del tren a limpiar la nieve acumulada, yo comencé a dibujar una delgada lámina (la imaginaba de resistente caucho) que unida a una barra de metal del mismo largo se pudiera atornillar y tal vez, por medio de resortes o de una palanca, capaz de manipularse desde dentro del tren. Hum, cómo podría… Al llegar a Nueva York llovía torrencialmente. Todos corrían a guarecerse de la lluvia mientras yo, sonriente y satisfecha, más bien emocionada por el panorama que se presentaba ante mis ojos, observaba cómo los conductores estacionaban sus coches a esperar que la lluvia cesara. ¡Avemaría! Y luego, cuando finalmente escampaba, se apresuraban a limpiar los cristales para poder continuar su camino. No necesitaba más pruebas. Tardé dos años en registrar mi idea. No fue fácil. Ellos, los “amos”, decían que tal “invento” distraería a los conductores cuando se desplazaran en sus vehículos, que les impediría la visibilidad, que ocasionaría serios y colectivos accidentes, que… Yo, por supuesto, no les presté atención, defendí mi idea, presenté pruebas y en 1905 obtuve la patente de mi invento: el limpiaparabrisas. Estaba muy orgullosa de él.

Mi brazo de hierro y goma era bastante elemental (un solo brazo barría toda la extensión del cristal y se operaba manualmente pero funcionaba, los pocos que en un principio me dieron un voto de confianza estaban satisfechos porque ya podían conducir en medio de la lluvia y de la nieve sin mayores problemas. Poco tiempo después, Ford ―ya saben a qué Ford me refiero― implantó el doble limpiaparabrisas en toda la producción de su famoso modelo T del que se vendieron miles y miles de unidades. Ellos reconocieron mi patente y esperaron quizás que yo me beneficiara de ella, que los llamara y les dijera chicos, paguen su cuenta.  Podía hacerlo. Estaba en mi derecho. Pero se quedaron esperando porque nunca lo hice, con ninguno de los que explotaron mi invento; no me interesaba. Para 1920 todos los vehículos en los Estados Unidos, por ley, debían llevar este dispositivo. Millones de vidas se han salvado gracias a esta mujer que les habla. Esa ha sido mi ganancia.

Pero volvamos con mi querido Charlie. Debido a mi larga estancia en Nueva York por un tiempo dejé de tomar el tranvía a Alabama. Cuando finalmente lo hice me alegré mucho al ver mi brazo metálico frente al cristal del vagón. De la misma forma me entristeció que Charlie no me recibiera a las puertas del tren. En su lugar había un panzón de mirada aburrida. Le pregunté por mi amigo y me dijo que ya no estaba. Lo miré durante varios segundos y pareció entender que no me conformaría con tan parca respuesta. Un oso, dijo, un oso se atravesó en el camino y… ¿Y? Y nada, lo atropelló… ¿Lo atropelló? Sí, lo atropelló… no frenó a tiempo y… llovía… no hubo descarrilamiento ni heridos, qué suerte tuvo, pero al llegar a la estación lanzó la gorra al suelo, gritó cosas que a usted no le gustaría oír y se largó… Pero, ¿cómo pudo pasarle? No se lamente, señora, no le ha ido mal, irse de aquí es lo mejor que ese hombre pudo haber hecho en toda su vida… ya quisiera yo. ¿Un accidente?, pero si veo que instalaron un limpiaparabrisas en el tren. Sí, tiempo después, marca Charlie. ¿Marca Charlie? ¡Jesús!

 
 
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3 comentarios en “Homenaje a la mujer en su día…

  1. Marca Charlie, jajaja, qué maravilla se invento y qué honestidad de la mujer. Supongo que Henry Ford nunca comprendió por qué ella no le cobró por el uso de la patente, pero es que las mujeres somos así, dadivosas y serviciales por naturaleza. ¡Buen cuento, Heberto! Nunca imaginé que una mujer hubiera inventado el limpiaparabrisas, ¡tan elemental, mi querido Watson!

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